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VIDAS MIGRANTES

Lucha libre a la alemana

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En gran parte de los casos, la migración es una decisión consciente. Ya sea para estudiar, trabajar o emprender un nuevo proyecto de vida cada vez más personas dejan sus lugares de origen. También están -por supuesto- los que tienen que irse huyendo de la violencia o pobreza. Cualquiera que sea el caso, el hecho requiere determinación y mucha fuerza. En los últimos años, cada vez hay más mexicanos escribiendo sus historias fuera de su país. Las hay de todo tipo y color. Con esta serie queremos presentar a algunos de ellos, cuyas profesiones o estilos de vida son fuera de lo común. Comenzamos con Orlando Silver, a quien la lucha libre le ha facilitado la integración en un país tan distinto a México como lo es Alemania.

Septiembre 11 / 21


BERLÍN, Alemania.- El enmascarado -enardecido por los gritos de la afición- recupera el estandarte con la bandera mexicana secuestrado en la esquina de su contrincante y con él coloca dos golpes certeros en abdomen y espalda que desestabilizan a su rival. Aprovecha entonces el momento para soltarle una patada voladora que lo manda a la lona y enseguida salta sobre él para aplicar la llave que le da el triunfo en el combate. Eufórico, el luchador levanta los puños y celebra con la afición presente en el Festsaal Kreuzberg de Berlín que no para de gritar y celebrar la victoria del mexicano. Sí, de un luchador mexicano -Orlando, el rudo, rudísimo, Silver- en Alemania.

Oriundo de la alcaldía de Iztapalapa, en la Ciudad de México, este mexicano de 38 años es una estrella de la Federación Alemana de Lucha Libre (GWF, por sus siglas en inglés), una de las principales empresas alemanas que promueven a nivel profesional este deporte. Desde hace siete años que llegó a la capital alemana ha acumulado dos campeonatos que nunca perdió -el de peso medio de la escuela de artes marciales de Kiel y el Breakthrough de la GSW, otra empresa alemana en Marburg que de momento se encuentra inactiva- y otros más como el de peso pesado y por parejas de la GWF, que ha ganado y luego le han arrebatado. Además es entrenador de la escuela de lucha libre de la GWF en Berlín.

Pero a Orlando Martínez Silva, su verdadero nombre, no lo trajo hasta acá la pasión por la lucha libre. En realidad, él decidió cruzar de manera definitiva el Atlántico para cumplir con el que considera el rol más importante de su vida, el de padre. La lucha libre que encontró en Alemania fue una afortunada coincidencia que además de ser su llave a la integración en este país se ha convertido en su estilo de vida.

Mi historia es muy típica. Estuve junto con una alemana en México, vivimos un tiempo juntos. Decidimos tener un bebé pero también decidimos separarnos casi al mismo tiempo. Cuando tenía cuatro meses de embarazo ella quiso regresar a su casa”, relata . Pese a ello, Orlando decidió ser un padre presente y cuando llegó el momento del nacimiento de su hija viajó por primera vez a Alemania. Entonces le quedó claro que su lugar a partir de ese momento no estaba más en México sino al lado de la pequeña Yuma, que hoy ya tiene siete años.

“(Mudarme de país) fue el gran paso de mi vida. Mucha gente, incluido mi papá, me decía que no lo hiciera, que trabajara en México y le enviara dinero. Pero (el ser papá) es un sentimiento que no se puede explicar: después de que se cumplieron tres meses de su nacimiento tuve que volver a México porque la visa de turista se terminaba. Cuando subí al auto que me llevó al aeropuerto no podía dejar de llorar. Pasó un buen rato y no podía parar de llorar. Entonces decidí dejarlo todo, venderlo todo y venirme definitivamente para acá y cumplir como papá”, recuerda.


Como todo proceso de migración, el de Orlando no fue inmediato ni fácil. Ya de vuelta en México hubo que prepararse para ello y tramitar un visado. Al mismo tiempo, aprovechó para terminar sus estudios de diseño de la comunicación gráfica en la UAM Xochimilco.


Para ese entonces la lucha libre ya era parte de su vida. Desde el 2006 había comenzado a entrenar y en 2009 había hecho su debut en el ring de la mano del ex luchador profesional Arturo Beristain, quien lo entrenó dentro del Consejo Mundial de Lucha Libre de la Ciudad de México. En 2010 Orlando Silva recibió su licencia como luchador profesional y continúo sus entrenamientos con antiguos luchadores profesionales como Bestia Negra y Último Guerrero.

Así que cuando tuvo claro que emigraría a Alemania y además supo que en este país existía la lucha libre profesional no dudó en contactar a la GWF.

Es muy chistoso porque lo primero que yo hice al llegar a Alemania fue entrenar lucha libre. Aterricé el 10 de diciembre de 2014 y a la semana siguiente, en jueves, yo ya estaba entrenando con ellos: sin hablar el idioma, sin entender nada, sin nada de nada, pero pues el deporte es universal y eso fue lo más increíble”, recuerda.


La tarde en la que tiene lugar el encuentro con Orlando es un día de entrenamiento. Un gimnasio escolar es el punto de reunión y poco a poco van llegando los jóvenes y no tan jóvenes luchadores que ven en el mexicano a un amigo pero también a un maestro. Tom, Erick, Aytak, Ronaldo, Erkan, John…hay los alemanes, los turcos, los albanos y hasta uno que otro latino. El idioma en común es, naturalmente, el alemán.

Después de siete años de haber llegado ya se siente relativamente cómodo con el idioma. La comunicación dejó ya de ser un problema para él. “Lucha libre ha sido sin duda mi la llave de mi integración. Es lo primero que hice en Alemania. Sin hablar el idioma ni nada. Me recibieron muy bien. La lucha simplemente me acogió”, insiste.
Acondicionamiento físico y técnica es lo que Orlando Silver enseña a sus pupilos. Pero además de eso, también transmite un estilo, su estilo que a pesar de los años fuera de México todavía tiene algo de sus maestros de la Lucha Libre mexicana.


Y es que, si bien Orlando Silver tuvo que adaptarse a las formas de la lucha alemana -por ejemplo cambió su nombre y se quitó la máscara, poco común por estos lares- hay otras características que simplemente son parte de él y sin proponérselo transmite a sus pupilos: el estilo y la mímica que, a decir de él, lo delatan de inmediato como mexicano.

Mi nombre como luchador varió. Dejé de ser Gran Master para convertirme en Orlando Silver. Añadimos una ‘er’ a la terminación de mi apellido para darle caché porque aquí no existen los nombres fantásticos como en México. Un Blue Demon, Mil Máscaras o Místico acá no lo comprenden. Existen, sí, los sobrenombres. Yo podría ser Orlando, el Blue Demon, Silver, por ejemplo.

“Ese fue uno de los acoples que tuve que hacer aquí. La gente tampoco entendía porque yo luchaba con máscara entonces decidí quitarme la máscara. Todavía lucho con ella en eventos especiales porque no la he perdido, simplemente la dejé por acople a mi nueva realidad como luchador profesional. Mucha gente acá de verdad no entendían, me preguntaban para qué era la máscara, si por sadomasoquismo o por qué. La gente no lo sabe”, explica.


-Eso hubiera sido una oportunidad para construir una nueva cultura de la lucha libre aquí…
-Si, hubiera sido bueno. Yo lo he pensado y siempre puedo recuperarlo porque no he perdido mi máscara. Pero en esta nueva etapa lo hice sin máscara y me fue muy bien. La gente me recibió muy bien. A la gente aquí le gusta conocerte, ver quién eres, pedirte una foto. Si está funcionado, ¿porqué voy a ponerle una pared y aferrarme a como es en México?

Pese a ello, asegura que su aporte al Wrestling alemán es palpable y eso es el estilo y la tradición de la lucha libre mexicana.


“Cuando la gente me ve luchar sabe de inmediato que no soy de aquí. Es el cómo me paro, el cómo veo a la gente, la mímica, y los movimientos aéreos, la lucha a ras de lona que es muy típico de México, también el tipo de patadas y el juego de cuerdas que hago. Y claro que he contagiado a un par de alumnos con ese etilo porque la manera en cómo uno entrena educa al cuerpo e inevitablemente se ve reflejado arriba del ring”.

La flexibilidad que Orlando Silver ha tenido arriba del ring alemán es la misma que ha necesitado debajo de él, en su vida cotidiana, para adaptarse a una cultura y país diferente.

Tras cuatro años en Alemania, llegó después Imari, su hijo más pequeño de tres años y otro motivo más para seguir echando raíces en este país.

“Lo que sí tengo claro es que migrar no es para todos. A mí me cayó bien porque soy aventurero, me gusta lo diferente y me adapto a nuevas comidas, a nuevas cosas. Pero definitivamente no es para todos”, asegura.

Y es que no todo fue fácil. Recuerda cómo los primeros años le deprimía sobre manera no entender el idioma. El poco inglés que sabía lo perdió y aprender el alemán no fue nada fácil. Tampoco lo fue incorporarse al mercado laboral porque aunque existe en Alemania una liga profesional de lucha libre, ésta no es lo suficiente robusta para poder vivir de ello. Su empresa, la GWF, sólo organiza luchas una vez al mes. Así que lo primero que tuvo que hacer -además de lograr entrenar – fue buscarse un trabajo.


“En febrero de 2016 comencé con mi primer trabajo en una empresa de limpieza. Limpiaba edificios. Era un trabajo pesado. Durante un año tenía que subir cada día torres de 12 pisos y limpiar de arriba a abajo”, recuerda.

Pero lejos de deprimirse y lamentar las condiciones laborales, Orlando vio el lado positivo de la situación: cargar cubetas con agua, subir decenas de pisos y limpiar escalón tras escalón le servían como un buen entrenamiento.

“Me encantaba porque se convirtió en nuestro entrenamiento. Tenía un compañero que también es luchador y juntos hacíamos el trabajo. Te lo cuento casi como de película, pero la realidad es que yo tenía que mentalizarme así, verlo como mi entrenamiento porque de verdad era pesado y en esos momentos de adaptación uno tiende a deprimirse y yo no quería que me pasara”.

Con un título de diseño debajo del brazo, Orlando logró después entrar a Zalando, la empresa alemana de venta online de productos de moda y cosméticos. Desde hace tres años se encarga -como diseñador- de retocar las fotografías de los productos, modelos y campañas de la empresa. Este es el trabajo que le permite disfrutar de su verdadera pasión, la lucha libre.

“Aunque hablando del lado oscuro de la migración, siento que en mi caso me siento estancado. Tengo un salario con el que vivo pero creo -y ese es mi temor- que con mis condiciones actuales no puedo dar más, no puedo superarme y aspirar a tener un mejor empleo y eso me pone nervioso y me pesa. Porque aunque soy una persona calificada, necesito tener más herramientas -una maestría, el dominio casi absoluto del idioma-para aspirar a más”, confiesa.

Pero el cuadrilátero, como a todos los luchadores, lo transforma. Arriba de él vive la plenitud y se olvida de cualquier pesar. Abajo quedan todas las dolencia- también las físicas- con las que a sus 38 años ya carga: se rompió la tibia y tuvieron que operarlo, reconstruirle un nervio y colocarle una placa; un dedo trabado en la lucha que tuvieron que abrir para poder volver a enderezarlo; sus muñecas están lesionadas; el hombro sacado; las rodillas, la nuca y las vértebras también…

-¿Cuánto tiempo te ves luchando profesionalmente?
-Depende lo que me vayan diciendo los doctores. A mí me gustaría llegar a los 50 años activo pero si mañana me dicen que me tienen que operar la rodilla y que no puedo luchar más, me voy contento.

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Yetlaneci Alcaraz
Yetlaneci Alcaraz
Fue reportera del periódico mexicano El Universal y corresponsal entre 2011 y 2020 de la revista Proceso en Berlín. Está especializada en temas de historia, migración y medio ambiente. Fue becaria del Programa Internacional de Periodistas de Alemania, IJP.
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