El reto del diálogo: un testimonio desde Israel

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Una vez más, una serie de factores y eventos reactivaron el polvorín que es el conflicto entre Israel y Palestina, desatando una escalada de violencia como no se veía desde 2014. El lanzamiento de cohetes de las milicias palestinas ha sido respondido por el gobierno israelí con ataques aéreos contra objetivos en la Franja de Gaza. La cifra de muertos supera por el momento el centenar y los intentos de mediación internacional no han tenido éxito. Frente a la polarización que rodea este añejo y complejo conflicto, Underground publica el testimonio de Vivian Cohen, una ciudadana latinoamericana que vive en Israel desde hace 22 años y milita en la “mayoría moderada”, aquella que busca forjar puentes de diálogo y concordia entre árabes y judíos.

Mayo 16 / 21


TEL AVIV, Israel.- La sirena te paraliza. No importa cuantas veces hayamos hecho prácticas de seguridad. No importa que ya hayamos vivido otras dos campañas militares en Gaza antes de esta (además de dos operaciones en Líbano y una intifada.) No importa que, tras escuchar las amenazas de Hamás, o los comentarios de los analistas militares, anticipes que habrá lluvia de misiles en las próximas horas. Nada de esto importa, porque nada te prepara para el vaivén de la sirena, que, como un accidente de tránsito o un ataque epiléptico, te sorprende y aterroriza. Y te interrumpe en cualquier momento: mientras duermes, mientras llevas a los niños al parque, mientras ves noticias, mientras intentas trabajar.

La otra noche, entre los retumbos de las intercepciones aéreas y los zarandeos de las ventanas, distinguimos un sonido ensordecedor que hizo temblar hasta las paredes. ¿Un avión? Aunque el aeropuerto está cerca, sabíamos que la explicación más factible era el trabajo de la “Cúpula de Hierro”, el sistema antimisiles que intercepta y derriba aquellos que se aproximen a alguna región poblada. Para cuando finalmente sonó la sirena, ya estábamos caminando al refugio. Por primera y única vez en esta campaña, mi esposo y yo salimos victoriosos frente a la alarma.

Tenemos el privilegio de vivir a 65 kilómetros de la Franja de Gaza. En términos de misiles, es una eternidad: desde el comienzo de la sirena, contamos con unos 90 segundos para dejar lo que estemos haciendo, buscar a los niños, coger un teléfono celular y una botella de agua, llegar al refugio, cerrar la puerta de acero y esperar en silencio mientras revisamos las noticias en el celular. Minutos después de los estallidos, cuando los restos de los misiles derribados han caído al suelo, es permitido salir (siempre y cuando no haya otra alarma.)

En las comunidades cercanas a la Franja de Gaza la realidad es mucho más compleja: las comunidades colindantes cuentan con sólo 15 o 30 segundos para llegar al refugio o, en caso de estar en la calle, para pegarse contra alguna pared y acostarse pecho tierra, cubriéndose la cabeza. Quince segundos es imposible para encontrar y cargar a los niños pequeños, o para ayudarle a ancianos, o para asegurarse que la mascota esté a salvo, o una combinación de éstas. Decenas de civiles han muerto en los últimos años en camino a protegerse de los misiles lanzados a ciudades, campos agrícolas, carreteras y comunidades beduinas.

Sin duda, la “Cúpula de Hierro” ha salvado innumerables vidas. Las autoridades israelíes estiman que aproximadamente tres mil misiles han sido lanzados a Israel desde Gaza en los últimos siete días. Un impresionante 90 por ciento ha sido derribado por ese sistema, o caído en campos abiertos. Es un porcentaje espectacular, pero no infalible: en la última semana, los ataques de Hamás cobraron la vida de por lo menos 12 civiles en Israel. Ayer (15 de mayo) fue un hombre de 56 años en Ramat Gan. Hace unos días, un niño de 5 años acurrucado en el refugio de su casa en Sderot. En Lod, que también sufre de violencia étnica en los últimos días, un misil mató instantáneamente a un padre y su hija. En la cuidad costal de Ashkelon, la víctima era una trabajadora expatriada que cuidaba de una anciana.

Israelíes y extranjeros. Musulmanes, judíos y demás. No hay distinción.

“The peace kids”, mural realizado por artistas de Israel y Palestina en Tel Aviv. Foto: Creative Commons.


Y no, el “otro lado” nunca está lejos de nuestra mente. Los medios reportan más de 150 muertos en Gaza hasta el momento, y centenas de heridos. Dentro de la Franja, cerca de dos millones de palestinos viven bajo el régimen extremista de Hamás, quien los utiliza cínicamente como escudo. A pesar de las victorias militares, como la destrucción en la madrugada del viernes de los túneles clandestinos de Hamás, las imágenes son devastadoras. No es necesario irlas a buscar a los medios extranjeros; también la prensa israelí las transmite.

Hoy por la mañana escuché en la estación de radio de las Fuerzas de Defensa de Israel, Galei Tzahal, una entrevista con Adnan Abu Hasna en Gaza, vocero de UNRWA, la agencia de la ONU para los refugiados palestinos. En hebreo casi perfecto, el representante describió el constante miedo a los ataques militares que a pesar de la exactitud de los sistemas y de los intentos de proteger civiles, inevitablemente cobran víctimas, y no solo destruyen armamento, cuarteles o edificios. Cuando le preguntaron a Abu Hasna si tiene algún mensaje para el pueblo de Israel, añadió: “Si no hay una solución política, económica y social para los problemas de Gaza, seguramente habrá otra ronda como esta en unos cuantos meses. Los habitantes de Gaza necesitan tener vida, necesitan un futuro… ahora no tienen nada que perder.”

Mientras no haya una esperanza, el odio tiene las de ganar. No importa de qué lado de la frontera.

“Mayoría moderada”


Las últimas noches han sido testigo de la violencia en ciudades que, hasta hace poco, eran ejemplo de convivencia árabe-judía: Lod, Aco y Haifa. Hay heridos graves. Hay presencia policial y de las guardias civiles, pero los residentes, árabes y judíos, no se sienten inseguros.

El viernes por la mañana conversé con Enas, una amiga de la Universidad de Bar Ilan, donde ambas estudiamos una maestría en literatura inglesa. Su lengua materna es el árabe, la mía el español, pero hablamos usando una mezcla de inglés con expresiones en hebreo. Me dijo que no durmió toda la noche; los cánticos de “muerte a los árabes” que extremistas judíos gritaban en su vecindario en Haifa eran terroríficos.

El día anterior, vándalos saquearon el pequeño hotel que le pertenecía a uno de nuestros profesores, Evan Fallenberg, en Aco. Evan y su hijo trabajaron tres años para reconstruir una ruina otomana y convertirla en un espacio para promover el arte, la tolerancia y el diálogo. Forjaron buenas relaciones con sus vecinos musulmanes y se volvieron parte de la comunidad. Cerca de la una de la madrugada del jueves pasado, decenas de delincuentes árabes invadieron el espacio y destruyeron todo lo que pudieron: los muebles, los azulejos, el gran piano. Los vecinos árabes de Evan intentaron inútilmente defender la propiedad.

Como cientos de amigos y conocidos, añadí un marco a mi perfil de Facebook que dice, en árabe y hebreo, “Judíos y Árabes se rehúsan a ser enemigos”. Ayer añadí otro marco que me identifica como parte de “la mayoría moderada” que busca la coexistencia y el diálogo. Quisiera pensar que estos días de extremismo y ansiedad no afectarán las posiciones de los moderados en ambos lados del conflicto.

Esta mañana, tras otra noche tensa de alarmas en el centro y sur del país, salí a caminar para intentar despejar mi mente (cambiando mi ruta para estar cerca de áreas con edificios y no en áreas abiertas, en caso de una sirena.) De regreso pasé a comprar una taza de café y distinguí que había regresado uno de los trabajadores musulmanes del establecimiento después de varios días de ausencia.

“Perdón -le dije- que no pude desearte la semana pasada Eid Mubarak (la manera tradicional de felicitar antes de Eid El Fitr, la celebración que marca el fin del mes del Ramadán)”.

“Gracias pero no fue Eid, y no fue Mubarak,” me contestó. “Estuvimos encerrados. Planeamos ir al norte, pero tuvimos que cancelar. Los niños se volvieron locos en la casa.”

Y agregó: “pero hemos pasado por cosas peores, y también esto pasará.”


No estoy segura si lo dijo porque realmente lo cree, o porque piensa que es lo que estoy esperando escuchar, pero me gustaría compartir su optimismo.

Preguntas


Mi familia en Latinoamérica me habla todos los días. Ex colegas en Europa y Asia me mandan mensajes de texto. Amigos de la infancia envían sus oraciones y mensajes. Todos repiten las mismas preguntas.

La primera es: “¿me puedes explicar qué fue lo que pasó?”. Suspiro, porque no sé por dónde empezar. ¿Las protestas en la Ciudad Vieja de Jerusalén de las últimas semanas? ¿La próxima decisión en las cortes sobre familias en Sheikh Jarrah? ¿Qué la Autoridad Palestina pospuso las elecciones? ¿La coincidencia en los calendarios que hizo que este año cayeran en la misma semana el fin del Ramadán, el Día de Nakba (la protesta del aniversario de la creación del Estado de Israel) y el Día de Jerusalén (que celebra la reunificación de esa ciudad)? ¿La miopía del gobierno de Netanyahu, enfocado en sobrevivir políticamente a casi cualquier costo? ¿La ascensión de Hamás al poder en Gaza en 2007? ¿El retiro de Israel de Gaza en 2005? ¿La ascensión de la Organización por la Liberación de Palestina? ¿La Guerra del 67? ¿La guerra del 48? ¿La Biblia?

Envío algunos artículos que dan contexto, pero asumo que pocos los leen. No los culpo. Es mas fácil reenviar imágenes en Twitter o comentar en TikTok, o repetir los mensajes en pancartas en Londres o los gritos de los noticieros de cable. Los medios sociales, como los medios de comunicación masiva, no están diseñados para narrativas complejas. Los memes, con sus relatos simplistas de “ellos contra nosotros” (que, por cierto, pueden intercambiar a los protagonistas y todavía conservar su “lógica”) atraen más rating.

La segunda pregunta de mis conocidos y amigos es: “¿cómo estás?”

La verdad es que las palabras me fallan. No encuentro el vocabulario en español, inglés o hebreo que describa esta combinación de frustración, angustia y cansancio. Prefiero contestar con un simple “gracias” y un emoji: un corazón, una flor, un gesto de una palma en la cabeza.

Hace unos meses, entre noticias de muerte en la familia y fuertes restricciones en Israel, soñábamos con el día “después del COVID”, cuando volveríamos a abrazarnos y vivir sin aislamiento y con plenitud.

Casi lo logramos.

Hace tan solo unos días, los titulares hablaban de la exitosa campaña de vacunación contra el COVID y el bajo nivel de contagios. Dos de mis hijos esperaban con ansias su turno en la anticipada campaña de vacunación de adolescentes.

Hace tan sólo unos días, después de cuatro campañas electorales en dos años, veíamos posible un nuevo gobierno, formado por partidos de izquierda, centro, derecha y del sector árabe. Como escribió el periodista Anshel Pfeffer en Twitter, la violencia de los últimos días deshizo esas ilusiones.

Hace unos días, mis amigos árabes se preparaban para celebrar Eid El Fitr. Yo me preparaba para viajar a visitar a mis padres, a quienes no he visto en dos años debido a la pandemia.

Con una sola sirena, todo cambió.

Algún día, cercano o lejano, se calmará esta confrontación, y se esparcirán las protestas. Y entonces, podremos enfocarnos en comenzar a reparar la ruptura social que esta semana se ha hecho tan evidente. Sin quitarle el lugar a los misiles, a la inestabilidad política y las amenazas de la región o inclusive al COVID, forjar puentes en el abismo que nos separa es sin duda el reto más importante que nos espera en el futuro.

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