Los hijos del dolor

Veinticinco años después del fin de la guerra en Bosnia, miles de hijos de mujeres violadas por soldados enfrentan la discriminación de la sociedad y la incomprensión de las instituciones impartidoras de justicia. Además, algunos deben cargar psicológicamente con el rechazo de sus madres biológicas o la dificultad para restablecer una relación filial. Esta es la historia de cómo uno de ellos lucha en contra del estigma, la impunidad y el olvido.

GORAŽDE, Bosnia.- “Los mayores hablan de la guerra, de cómo me encontraron y cuidaron de mí. Me tratan como si fuese su propio hijo, aunque son mis compañeros de trabajo”, relata Alen Muhić, un enfermero bosnio de 27 años alto y corpulento;

El joven trabaja en el mismo hospital donde nació y en el que fue abandonado por su madre, en la ciudad bosnia de Goražde. “Me gusta trabajar con ellos”, dice, mientras señala el edificio azulado del hospital, al otro lado de la orilla del río Drina. Sus aguas, hoy cristalinas, dejaron de arrastrar cadáveres corriente abajo hace 25 años con el fin de la guerra de Bosnia.

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Muhić está marcado en lo más profundo por este conflicto bélico que entre 1992 y 1995 dejó más de 100 mil muertos y dos millones de desplazados.

Su madre, una bosnia de familia musulmana, denunció haber sido violada por un soldado serbobosnio en repetidas ocasiones. Una ruleta rusa con su útero, en la que le tocó la peor suerte. Cuando llegó a la ciudad de Goražde tras un intercambio de presos, se encontraba ya en avanzado estado de gestación. El 20 de febrero de 1993 dio a luz a Muhić.

La guerra de Bosnia fue consecuencia de la desintegración de Yugoslavia, un Estado federal formado por seis repúblicas socialistas. Bosnia era la única de esas repúblicas sin una clara mayoría étnica en la que existía, hasta entonces, una situación de equilibrio entre serbobosnios, bosnios musulmanes y bosniocroatas. Antes de la guerra, una quinta parte de los matrimonios eran mixtos.

Alentados por los intereses nacionalistas de las repúblicas vecinas, estos tres grupos étnicos se enfrentaron en un conflicto en el que estaba en juego la repartición de Bosnia. En pocos meses, personas que habían sido vecinas y mantenido relaciones cordiales se convirtieron en enemigos mortales. Los europeos se sorprendían por la rápida propagación del odio en su propio continente y no se esperaban una guerra feroz que haría retornar al peor fantasma del pasado: el genocidio.

En los tres años que duró el conflicto, entre 20 mil y 50 mil mujeres fueron violadas, según estimaciones de la Unión Europea y del Ministerio del Interior bosnio que cita el libro La tragedia de Kosovo, de Ken Booth.

Existieron incluso centros de detención en donde soldados serbobosnios violaban sistemáticamente a mujeres de origen musulmán o bosniocroata, a veces incluso con el objetivo de dejarlas embarazadas, como demostró el llamado “Informe Bassiouni” de las Naciones Unidas, emitido en mayo de 1994.

Pero a pesar de ese amplio registro de hechos y estadísticas, los hijos nacidos de violaciones cometidas en Bosnia no son considerados víctimas de guerra y, por tanto, no reciben prestaciones económicas del Estado. En esa situación están entre dos mil y cuatro mil personas, de acuerdo con el Instituto de Sociología Leibniz de Alemania.

Estigmatizados

“Mi infancia fue bastante feliz hasta el momento en que descubrí que era adoptado. Cursaba tercero de primaria y unos niños me lo dijeron en el patio del colegio”, explica Muhić, quien durante la conversación con Underground luce una barba de tres días y una camisa con el emblema “Just do it”.

Habla en la terraza de un hotel junto al río Drina. En la otra orilla, unos pescadores prueban su suerte. Tras ellos se alzan dos minaretes blancos de una mezquita. De fondo suenan con fuerza las máquinas de los obreros que reconstruyen un puente destruido desde la guerra. Muhić parece algo nervioso, y tras varias frases seguidas necesita exhalar con vehemencia para expulsar aquel recuerdo: “Llegué llorando a casa y mis padres me lo contaron todo”.

Muhić se enteró de cómo su padre adoptivo, Muharem, por entonces de 47 años y conserje en el hospital de Goražde, decidió en 1993 llevárselo a casa con su esposa y sus dos hijas. El recién nacido nunca había sido amamantado por su madre y estaba malnutrido.

Al principio, el bebé pasaba los días en casa del conserje y las noches en el hospital.
La administración del hospital quería dar al niño en adopción, así que Muharem y su familia adoptaron formalmente a Muhić siete meses después de nacer.

El hospital donde nació y trabaja actualmente Muhić, y en donde también conoció a su esposa y tuvo a su hijo.

En ese momento la ciudad de Goražde, al este del país, resistía el asedio de las tropas serbobosnias. Fue el único de los enclaves musulmanes que resistieron hasta el final de la guerra.

Al inicio del conflicto, el municipio contaba con 37 mil habitantes —70 por ciento de ellos musulmanes—; hoy apenas supera los 20 mil. Según cifras oficiales fallecieron más de mil 500 personas. Y podría haber sido mucho peor: en Srebrenica, el último enclave en caer, se perpetró un genocidio contra los bosnios musulmanes que cegó la vida de más de ocho mil personas.

El periodista estadounidense Joe Sacco muestra con precisión los horrores del conflicto en aquella ciudad en su novela gráfica Safe Area Goražde, en la que describe civiles siendo mutilados, degollados y lanzados al río Drina; personas en busca de alimentos cruzando las líneas enemigas por los bosques nevados durante las noches de invierno; casas y calles destruidas por doquier.

El hospital en el que nació Muhić disponía de escaso personal y material médico. El 20 de abril de 1994, un proyectil lanzado por el ejército serbobosnio cayó sobre él y mató a 20 personas.

En la actualidad aún pueden verse los agujeros de las metrallas en muchos edificios de la ciudad. En una colina cercana, armas y objetos de artillería de los atacantes -apuntando a la ciudad- permanecen intactos y sirven como un recordatorio de lo ocurrido.

“En la adolescencia empecé a preguntarme si tendría hermanas o hermanos, y qué estarían haciendo mis padres biológicos en ese momento. No teníamos internet, así que tampoco podía averiguarlo”, cuenta Muhić.

Su lucha por descubrir la verdad comenzó a los diez años, cuando un director de cine se fijó en él para rodar un documental acerca de su historia. Muhić se enteró de la identidad de su padre biológico y de cómo su madre biológica se había quedado embarazada. El director de cine le contó que su madre actuaba como testigo protegido durante el juicio por violación contra su padre, y que se había quedado a vivir en Estados Unidos al terminar la guerra.

“Quería estrangular al bebé”, confesó su madre en 1996 en la revista Newsweek. Para ella, su hijo era la viva prueba del calvario y por eso al día siguiente de dar a luz lo abandonó en el hospital de Goražde.

Diez años después, ella declaró por primera vez ante un tribunal bosnio que fue violada hasta en seis ocasiones en 1992 por el padre de Muhić, un soldado serbobosnio, en el pueblo de Miljevina, perteneciente al municipio de Foča. El nombre de la mujer no puede revelarse al haber sido un testigo protegido.

Muhić pudo conocer a su madre biológica gracias al rodaje de una segunda película documental sobre su vida como hijo adoptivo estrenada en 2015.

La hermana de su madre biológica le llamó desde Estados Unidos y le dijo que su madre quería verlo. Creyó que era una broma. Sin embargo, al día siguiente ella misma le llamó, pidiéndole que fuera a verla a Sarajevo.

“El encuentro fue realmente estresante -comenta el entrevistado-. Al verla, lloré muchísimo. Ella tampoco paró de llorar. Me contó lo que le había ocurrido aquí, en Bosnia, y que ahora vivía en Nueva York, donde había formado una familia”.

Hablaron un largo rato y Muhić olvidó el resentimiento que alguna vez tuvo contra la mujer que le dio la vida: “Nadie debería juzgar a estas madres, ellas obviamente no tuvieron la culpa de ser violadas”.

Aunque para él su verdadera madre es Advija, la esposa de su padre adoptivo Muharem y quien durante años trabajó como secretaria en una empresa privada de Goražde. Cuando Muhić descubrió la verdad tomó la decisión de dejar su puesto de trabajo. “Quería protegerme y dedicarme más tiempo”, argumenta él sonriendo. “No se ha arrepentido y está orgullosa de ello”, asegura.

Y es que, el estigma perseguía a niñas y niños que eran consecuencia de una violación por parte del “enemigo”.

Los vecinos de Goražde advertían a Advija y Muharem que sería difícil educar al niño adoptado sin saber quiénes eran sus padres y que fuera aceptado por la comunidad. Los padres adoptivos también se enfrentaban a las dificultades de vivir en una ciudad asediada.

“Cuando me adoptaron, apenas había agua y alimentos en Goražde”, cuenta Muhić orgulloso de su gesto, mientras camina junto a la orilla del río Drina. En la hierba yacen los restos de una de las mini centrales eléctricas caseras que navegaban en el río, muestra de cómo la necesidad extrema agudizó el ingenio de los ciudadanos de Goražde. Bajo el puente de hormigón aún cuelga una pasarela de madera, construida para cruzar el río y evitar los disparos de los francotiradores serbobosnios.

“Hablar de los hijos nacidos de las violaciones durante la guerra sigue siendo un tabú en Bosnia”, afirma el enfermero, quien habla tranquilo. Hace tiempo decidió poner voz y rostro a los hijos fruto de violaciones durante la guerra. Lo hace participando como voluntario en conferencias de Naciones Unidas en las que representa a los hijos nacidos de violaciones; además de apoyar a las mujeres violadas en conflictos bélicos.

“Es realmente triste constatar que las víctimas sean las que aún siguen sufriendo el estigma y no los violadores”, añade Muhić, para quien contar su historia “supone un desahogo”. Las personas en su situación encuentran apoyo en las redes sociales, “pero no en la vida real”, dice.

Trauma compartido

La guerra todavía sirve de excusa exculpatoria: a veces la violación se contempla como una pulsión humana inherente al conflicto armado. Se abre la puerta a la barbarie.

Fue apenas en agosto de 2019 que, por primera vez, la ONU exigió al Estado bosnio que pagara una indemnización a una mujer violada durante la guerra. En este caso, el hombre condenado no había podido asumir él mismo el desembolso. La mujer recibió 15 mil euros. Lo ocurrido sentó un precedente para que otras víctimas de violaciones durante la guerra puedan conseguir una reparación de daños.

Más allá del hecho criminal de la violación, hasta hace poco los embarazos se consideraban un “daño colateral” de ésta y no un daño explícito meritorio de reparación, afirma la investigadora Anne Tierney Goldstein en un libro que pugna por el reconocimiento en la ley internacional de los embarazos forzados como crímenes de guerra, el cual fue editado en 1993 por el Centro de derecho y política reproductiva de Nueva York.

Diversos estudios científicos sitúan en cinco por ciento la posibilidad de quedarse embarazada tras una violación. Si la mujer violada da a luz, la violación conlleva el potencial de crearle problemas psicológicos. Además, podría experimentar dificultades aceptando a su bebé y se enfrentaría a un posible rechazo social.

Para las hijas e hijos de estas madres, la situación también es dura de enfrentar:

“Estos niños viven experiencias muy dolorosas al crecer que les pueden conducir a enfermedades relacionadas con el trauma y a trastornos psiquiátricos como la depresión o el estrés postraumático”, explicó la psiquiatra Amra Delić, experta en trauma y especializada en el conflicto bosnio, durante la conferencia sobre psicoterapia juvenil “Think About Youth!”, celebrada en 2018 en Sarajevo.

Muhić ha podido hablar con su madre biológica un par de veces durante sus visitas a Nueva York. Pero el marido de la mujer prefiere que se mantenga fuera de sus vidas. “No quiere que conozca a sus hijos, mis hermanastros”, explica con tristeza.

El dolor de la madre es profundo: un trauma que comparte con mujeres en todo el mundo. Ejemplos terribles son las violaciones masivas a mujeres chinas cometidas por japoneses en Nanking en 1937, o aquellas de alemanas perpetradas por soldados rusos al final de la Segunda Guerra Mundial.

En Bosnia las violaciones eran una herramienta más de la guerra, según determinó el Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia (TPIY).

El tribunal sentó un precedente internacional clasificando por primera vez las violaciones como una forma de tortura y como un crimen contra la humanidad. Este es precisamente el crimen por el que un tribunal bosnio sentenció en 2007 al padre biológico de Muhić, Radmilo V., a cinco años y medio de prisión.

La sentencia condenatoria de 2007 relata así los hechos: “El acusado […] llevó a la víctima a la fuerza a un apartamento, en donde abusó de ella y la golpeó amenazando con matarla, poniéndole una pistola en la sien y apretando un cuchillo a su garganta; más adelante, empleó la fuerza para arrancarle la ropa a pedazos mientras la víctima gritaba y pedía que la soltase; por lo que le tapó la boca con una mano y la golpeó con la otra hasta que cayó inconsciente. Aprovechando dicho estado, la violó”.

En 2008, la Corte revisó la sentencia en el proceso de apelación y exculpó al sentenciado de todos los cargos (razón por la que Underground no transcribe su nombre completo). La decisión se basó en contradicciones en el testimonio de la hermana de la víctima, que fue interrogada nueve años después del suceso.

Se consideraron, además, dos testimonios que probarían que la víctima habría ocultado una relación sentimental previa con el sentenciado. Asimismo, se tomó en su contra que la mujer no hubiese abortado, a pesar de haber existido esa posibilidad (una argumentación controvertida y discutida entre expertos judiciales).

Encuentro fallido

“No es un ser humano”, así describe Muhić a su padre biológico, al que finalmente pudo conocer en 2016.

El joven había ido a la pequeña ciudad de Foča, 30 kilómetros al sur de Goražde, para asistir a la oración de los viernes, cuando un hombre se le acercó para decirle que su padre biológico vivía cerca. Así que fue a visitarlo.

“Resultó un desastre total, no estaba preparado”, cuenta Muhić, “pero quería mirarle a los ojos”. Tras llamar a la puerta, apareció un hombre mayor y de rasgos parecidos a los suyos. “Le pregunté por qué había violado a mi madre. Él negó haberlo hecho, a pesar de que una prueba de ADN demuestra que es mi padre”. Se refiere a la prueba de paternidad que se les realizó a ambos durante el proceso judicial. Muhić se dio la vuelta y se fue.

Desde entonces, el joven ha visto a su padre varias veces por las calles de Foča, a sólo 15 kilómetros del pueblo de Miljevina, donde Radmilo V. dejó embarazada a su madre en contra de su voluntad.

Foča, al contrario que Goražde, no resistió el asedio de los serbobosnios durante la guerra. Mientras que en 1991 la mitad de los habitantes de esta ciudad eran musulmanes, hoy este grupo constituye únicamente siete por ciento de la población. El resto huyó o fue asesinado. Muchos acababan en las aguas del río Drina y sus cadáveres llegaban, arrastrados por la corriente, a Goražde.

Entre 1992 y 1993, varios lugares de Foča —entre ellos un pabellón de deportes— sirvieron como campos de violación de mujeres y niñas, según la Corte del TPIY. Mientras dominaba la barbarie cabe pensar que Radmilo V. Podría haberse sentido impune.

Desde entonces, reina en esta zona la cultura de la negación. Cuando en octubre de 2004 varias activistas de la Asociación de Mujeres Víctimas de Guerra quisieron colocar una placa conmemorativa en el pabellón deportivo de Foča, centenares de bosnocroatas lo impidieron. En 2015, el pabellón fue demolido. La Unión Europea intenta, sin mucho éxito, promover su reconstrucción como memorial.

Muhić encontró apoyo en otra otra “niña olvidada”, Ajna Jusić. Ambos se conocieron en 2017 en un simposio sobre traumas de guerra y el enfermero le ayudó a constituir la asociación Zaboravljena djeca rata (“Niños olvidados de la guerra”) en Sarajevo.

La asociación, presidida por Jusić, se encarga de visibilizar la situación de estos hijos de la guerra recopilando sus historias y organizando exposiciones y encuentros entre personas afectadas con el apoyo de psicólogos.

“Las violaciones son una experiencia traumática y así es como deberíamos tratarlas”, sentenció Jusić durante la mencionada conferencia “Think About Youth!”.

En la actualidad Muhić está casado, tiene un hijo de cuatro años y vive en un edificio junto a la orilla del río. Desde él se observa el hospital en el que comenzó su historia, un edificio de cuatro plantas que no destaca entre otras construcciones de época socialista a su alrededor. En la entrada un cartel alerta de los riesgos del coronavirus. En la planta de cirugía, Muhić trabaja como enfermero.

Pasarela que construyeron los pobladores de Goradze para protegerse de los francotiradores al cruzar el río Drina.

Allí también conoció a su esposa, que realizaba unas prácticas. Y en este mismo hospital nació el hijo de ambos. “Mis padres adoptivos ya lo quieren más que a mí”, comenta sonriendo. Le cambia el semblante al preguntarle por la abuela biológica del niño —o sea, su propia madre— con la que ya no tiene contacto. Ella aún no conoce al pequeño. “Espero que la situación cambie en el futuro”.

Muhić aún no le ha contado a su hijo la verdad sobre sus orígenes. “Tengo miedo, pero todavía no es el momento”, confiesa con la mirada fija en el río Drina. Pero algo es seguro: su hijo no se enterará en el patio del colegio. Serán sus padres quienes se lo digan.

DETRÁS DE LA HISTORIA

Desde hace años me he interesado por Bosnia. En el otoño de 2020 volví a viajar por el país durante varias semanas y pude, por fin, conocer Goražde. La historia de este enclave me fascinó desde que leí la novela gráfica “Safe Area Goražde” y estaba decidido a escribir sobre el impacto de la guerra en las relaciones entre familiares.

Mientras tomaba el té con una periodista bosnia en Sarajevo, el nombre de Alen Muhić afloró en la conversación. Quise enseguida conocerlo, así que junto con una joven intérprete  -Muhić no habla suficiente inglés- emprendí un entretenido viaje en auto por la serpenteante y peligrosa carretera que une Sarajevo y Gorazde.

A pesar de su timidez durante el encuentro, Muhić habló con mucha naturalidad sobre su pasado y su presente. La sesión fotográfica en el puente sobre el río Drina para este artículo se convirtió en un pequeño espectáculo para los viandantes, que se quedaban parados observando a Muhić.

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