“No nos permitían ni llorar”: esclavas del Estado Islámico

La caótica retirada de Estados Unidos y sus aliados de Afganistán deja a las mujeres del país -desde las más pequeñas- en las garras de los talibanes y su interpretación ultraconservadora del islam, que desconoce cualquier derecho para ellas. A esa misma concepción retrógrada del mundo se han enfrentado las mujeres yazidíes de Irak, quienes pese a todo han resistido la esclavitud sexual a la que han sido sometidas por los yihadistas del Estado Islámico. “Nos compraban y nos vendían como si fuéramos animales”, narra una de las jóvenes víctimas con las que conversó Underground.

ESTAMBUL, Turquía.- Suhaima cumplió 18 años el 15 de agosto pasado, una fecha que preferiría olvidar. Ese mismo día del año 2014, el grupo terrorista Estado Islámico de Irak y Siria (EI) atacó su pueblo de la región kurdo-iraquí de Sinyar y la secuestró a la edad de once años, arrebatándole a su familia y una infancia feliz.

“Aunque los yazidíes no celebramos el cumpleaños, recuerdo muy bien ese día”, explica la adolescente a Underground en una conversación por chat desde Canadá, donde ahora vive.

“Lo más doloroso -continúa- fue cuando me separaron de mi madre y de mis hermanas. Me dijeron que los habían matado a todos. La vida era tan terrible allí. Dos años y medio secuestrada no es poco tiempo. Los niños morían por la comida echada a perder que nos daban. Dormíamos en el suelo, nos torturaban continuamente. Me pegaban con una vara de metal y la esposa de mi captor me obligaba a hacer las tareas más bajas, como una esclava. No nos permitían ni llorar. Yo era tan joven que no entendía nada de lo que estaba sucediendo”.

En marzo de 2017 Suhaima escapó de sus captores. Se reunió entonces con su familia en el campo de desplazados de Qadia, cerca de Dohuk. Tenía 14 años y quería contarlo todo. Sus padres le dieron total libertad. Hubo que convencerla de que usara otro nombre para no poner en peligro a 15 de sus parientes que permanecían secuestrados por el autoproclamado EI. Pero no le temblaba la voz.

En abril de 2017, esta reportera conoció a Suhaima en el campamento de Qadia, en el que recibía tratamiento psicológico de un organismo no gubernamental. Ahí tuvo lugar una primera entrevista. “Lo peor que me hicieron -contó- fue que me violaron. Habría preferido morir. Nada tiene más valor que la propia dignidad. Incluso traté de suicidarme para salvar mi virginidad y seguir siendo una yazidí pura. Intenté electrocutarme. Pero no morí porque no era mi día”.

Durante dos años y medio la niña fue torturada y violada sistemáticamente por militantes del EI. Fue trasladada como esclava sexual de un lugar a otro a medida que los bombardeos contra el grupo terrorista arreciaban. La obligaban a leer el Corán; la privaron de su idioma y de su identidad yazidí, una comunidad endogámica que profesa una de las religiones más antiguas y misteriosas de Mesopotamia, y a la que los musulmanes de la región consideran pagana.

Unas seis mil 200 niñas y mujeres yazidíes fueron secuestradas y usadas como esclavas sexuales, aunque ellas prefieren considerarse supervivientes. Presentadas como víctimas, la mayoría de los medios de comunicación y de la propaganda local de las autoridades kurdas soslayan la fortaleza de muchas de ellas, que se rebelaron y plantaron cara a sus captores sacando fuerzas de flaqueza. Y Suhaima personifica esa fuerza.

Su vida era tan desdichada que encontraba cierta “felicidad” dentro de esa tragedia. Por ejemplo, relata que se “alegró” cuando su captor compró a una de sus primas. En total eran tres las niñas yazidíes que tenía el saudí. Y las tres intentaban ignorar su martirio riéndose como locas o mofándose de sus barbas. Lo amenazaban incluso con atacarlo con un cuchillo cuando las obligaba a cocinar.

A finales de 2017 Suhaima abandonó Irak con su familia para instalarse en Canadá gracias a un programa de apoyo a las víctimas yazidíes, con cuyos recursos financia sus estudios y una mínima manutención.

A pesar de su heroísmo, siete años después -y a diez mil kilómetros de distancia- Suhaima sigue teniendo pesadillas y ataques de ansiedad a consecuencia del estrés postraumático. Ya no tiene por qué esconder su nombre, sus parientes fueron liberados y otros asesinados.

La ayuda del gobierno canadiense no incluye terapia, y tampoco la ofrecen las ONG que en Irak la ayudaron a abandonar el país. Comenta que para relajarse hace yoga, ve seriales turcos con su familia y escucha música: Surrender, de Natalie Taylor, y una canción de amor kurda de Muwafq Gorant cuya letra dice: “Eres cerilla y linterna, amable y dulce. Ay, lo que he sufrido por esta morena. He hecho todo por olvidarte, pero en vano fue”. Dice que le parece romántica.

No tiene novio, pero asegura que cuando se case, será con un yazidí.

El enésimo genocidio

El 4 de agosto de 2014 el EI atacó la región de Sinyar, al pie de la montaña que le da nombre. Es el hogar ancestral de los yazidíes, una comunidad etno-religiosa del norte de Irak de aproximadamente medio millón de habitantes. Si se cuentan los que viven fuera, alcanzan un millón.

Los terroristas ejecutaron a todos los hombres adultos que pudieron y fueron enterrados en fosas comunes que todavía hoy se están excavando para recuperar sus restos y documentatr el genocidio. Diez mil hombres asesinados. A las mujeres más mayores también las ejecutaron. En algunos poblados enterraron vivos a decenas de yazidíes; otros fueron decapitados. El EI no ahorró medios para filmar todos estos horrores.

Y luego se llevaron a sus mujeres y niños. Todavía hoy quedan dos mil 800 cautivas en familias relacionadas con el EI, a pesar de que la coalición internacional liderada por Estados Unidos declaró oficialmente en marzo de 2019 el fin del grupo radical islámico, el cual cinco años atrás había conquistado buena parte del territorio de Siria e Irak imponiendo su visión ultraradical y ortodoxa del islam.

Aquel ataque dejó 200 mil yazidíes desplazados. La mayoría de ellos vive todavía hoy en condiciones de indigencia -empeoradas por la pandemia de COVID-19- en campos cercanos a sus pueblos, a los que no pueden regresar porque fueron arrasados y no hay garantías de seguridad. Hay que añadir a otros 100 mil yazidíes que fueron acogidos en Alemania, Canadá y Australia.

Durante aquella matanza, además, sus propios vecinos árabes los traicionaron. Según un análisis de Güneş Murat Tezcür, investigadora de la Universidad Central de Florida, un alto número de árabes locales suníes que convivía con los yazidíes en Irak y Siria no sólo no opusieron resistencia al EI, sino que dieron apoyo al ataque con el fin de apropiarse de los bienes de sus vecinos y estigmatizar a éstos. También se involucraron activamente en las violaciones y en la esclavitud de las yazidíes. Y tanto el EI como estos colaboradores locales hicieron negocio con la liberación de las yazidíes a cambio de cuantiosos rescates.

Las fuerzas kurdas peshmerga de la región semiautónoma iraquí -que supuestamente debían proteger a la etnia- abandonaron Sinyar tan pronto como los terroristas irrumpieron, alegando no tener suficiente poder militar para hacerles frente. Sólo los kurdos del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK por sus siglas en kurdo) -considerado un grupo terrorista por varios Estados, entre ellos Turquía- y las Unidades Kurdas de Protección Popular (YPG, también por sus siglas locales) consiguieron abrir una vía de escape para que los yazidíes atacados pudieran huir hacia el monte Sinyar.

Desde 2015 la ONU ha emitido diversos informes en los que cataloga como un genocidio planificado el ataque del EI a esa comunidad. Pero tanto el gobierno federal de Bagdad como el gobierno kurdo-iraquí han aplicado una política de negligencia y olvido respecto a los yazidíes, quienes después de siete años de aquel horror siguen viviendo en campos de desplazados y no han podido regresar a sus tierras ancestrales de Mesopotamia, en el norte del Kurdistán fronterizo con Siria y Turquía.

Desde su origen, los yazidíes han sufrido numerosos genocidios por parte de sus vecinos. Los ancianos de la comunidad cuentan hasta 74. En especial desde el siglo XVI, ya sea por parte de invasores centroasiáticos o del Imperio Otomano y de sus vecinos árabes, que los consideran paganos o adoradores del diablo debido a un malentendido favorecido por el propio secretismo de su religión.

El yazidismo es una antigua fe de tradición oral y sincrética que combina elementos del zoroastrismo (la antigua religión de Persia) con el cristianismo, el sufismo y el misterioso mitraísmo del Mediterráneo Oriental. La mayoría de los yazidíes hablan una variante del kurdo, el kurmanji, pero su religión los diferencia del resto de la población, que es predominantemente kurdo sunita. Rinden culto al sol, a siete ángeles y a Tawsi Melek, el ángel caído representado por un pavo real. Por este motivo, sus vecinos los consideran herejes. Para el EI, los yazidíes son politeístas sin derecho a existir bajo el dominio islámico.

Los yazidíes aseguran que son monoteístas y que Tawsi Melek es una fuerza positiva en su fe. Además, su sociedad se organiza en rígidas castas, creen en la reencarnación y son endogámicos: no se permiten las relaciones ni el matrimonio fuera de la comunidad. Un yazidí debe ser hijo de yazidíes. Otro motivo de repudio por parte de los árabes locales es que muchos yazidíes trabajaron para las fuerzas estadounidenses tras la invasión de Irak de 2003. Los consideran traidores.

Adaptarse para sobrevivir

Ante esta terrible realidad, las máximas autoridades religiosas yazidíes decidieron romper la tradición y aceptar a las mujeres que habían sido raptadas por el EI. Las llaman sus “ángeles”, haciendo honor a su fe, el yazidismo, que se traduce como el “culto de los ángeles”. Tras ser liberadas, las jóvenes atienden a una ceremonia ante el Baba Sheikh ataviadas con vestidos blancos en el templo de Lalish -el epicentro de esta religión- y se purifican en sus aguas subterráneas, vetadas a los forasteros.

Desde que las mujeres yazidíes empezaron a ser liberadas, numerosas ONG locales e internacionales -muchas de ellas escandinavas- se han ocupado de dar apoyo material y psicológico a las supervivientes. El trauma es tan generalizado que en los campos de desplazados son frecuentes las oleadas de suicidios.

Aunque esos fondos -que también han servido para pagar los rescates de las niñas y mujeres- decrecieron con la pandemia, muchos terapeutas se desplazan a los campamentos o, de otra forma, personal humanitario organiza reuniones de terapia de grupo en sus sedes. Allí, con la ayuda de psicólogas, las mujeres pueden contar sus historias, llorar o mantenerse en silencio, y así crear un espacio de confianza para desahogar el dolor.

Lina -nombre ficticio- es una chica yazidí de 26 años con quien esta reportera pudo conversar en el campo de desplazados de Esyan en 2017. Narró por primera vez la tortura a manos de sus captores. “Nos forzaron, nos tomaron por la fuerza, por nuestra religión, porque somos yazidíes. No podía hacer otra cosa que llorar, no valía la pena luchar durante los dos meses que me retuvieron”. Aseguró que lo peor fue ver cómo también se llevaban a su sobrina de once años para violarla. “Espero que los sentencien a muerte y pueda verlo con mis propios ojos”, dice con coraje.

Es habitual durante la terapia psicológica que las supervivientes contengan las lágrimas cuando escuchan las historias de las otras víctimas. Algunas se agarran de las manos, dejando al descubierto la pulsera roja distintiva de los yazidíes. Otras han sido entrevistadas tantas veces por activistas de ONG, militares o periodistas que sufren una continua retraumatización. Aunque los periodistas les aseguran que no usarán su nombre o su imagen, muchas ya fueron expuestas en los medios, por lo que se sienten traicionadas y estigmatizadas.

Medya -también un nombre ficticio- y su hermana son las únicas supervivientes de su familia, que sigue desaparecida. La joven, actualmente de 21 años, fue capturada durante cuatro meses por el EI cuando aún era una adolescente. “Desde que mi familia desapareció, tengo problemas psicológicos; no encuentro nada bello en esta vida. Los yazidíes hemos sido tan profundamente dañados por las violaciones, por la separación… vimos cómo decapitaban a nuestros familiares. Nos compraban y nos vendían como si fuéramos animales. A mí me vendieron dos veces, a un iraquí y a un sirio. Un día era como un año, estábamos muertas de miedo. Pero me he hecho fuerte sin buscarlo. Mi padre me hizo fuerte, me dijo que no hiciera ninguna tontería”, relata Medya a Underground desde el mismo campo de desplazados que Lina.

Otro caso es el de una yazidí de 26 años a la que llamaremos Jihan, y a quien entrevistó este medio en el campo de Khanke. A ella la capturaron estando embarazada de dos meses y medio de su marido. Cuando comunicó su estado, los terroristas pensaron que trataba de escabullirse, así que la obligaron a probar que eso era cierto. La joven tuvo que pasar por varios hospitales de mala muerte en los territorios del EI para que se le practicaran pruebas de embarazo. En su delirio de lo que debe ser el islam, los terroristas habían puesto ciertos límites a su barbarie, y uno de ellos era no violar a mujeres embarazadas. Jihan explica el terror que la invadía a diario, pero como otras supervivientes asegura que lo peor fue ver cómo se llevaban a las niñas.

Hoy ella vive también en Canadá, con su hija de cuatro años. Se empieza a defender con el inglés. Nunca encontró a su marido. Tanto ella como otras supervivientes relatan que recibieron ayuda de alguno de sus captores o de vecinos suníes.

A pesar del ejemplo que ha dado esta comunidad tradicionalmente patriarcal al aceptar a sus mujeres, todavía queda un escollo insalvable: los hijos que engendraron los violadores. Se calculan en cientos, tal vez un millar. Las autoridades religiosas y los ancianos de la comunidad se niegan a aceptarlos, ya que el hijo de un padre musulmán es musulmán, y además sería como blanquear las consecuencias del genocidio. De manera que a aquellas mujeres que quedaron embarazadas por sus captores se les obliga a escoger entre su familia o su hijo.

“Se trata de una importante y trágica consecuencia de una estructura patriarcal que no permite a las mujeres decidir o tener autoridad legal en lo que respecta a sus hijos”, explica por correo electrónico desde Noruega la terapeuta Eivor Lægreid, que desde hace años trabaja con las víctimas yazidíes, centrándose en sus procesos de resiliencia y reintegración.

En Irak, el certificado de nacimiento requiere la firma del padre. “Esto -señala Lægreid- significa que los niños producto de una violación no cuentan con documento de identidad, ni tienen acceso a la educación ni a los servicios médicos. Las madres tampoco pueden decidir si los hijos pueden vivir con ellas o no. Si la mujer fue violada en Siria, al hijo se le considerará sirio y no será aceptado en Irak por la familia de la madre. Esta situación no sólo causa traumas adicionales, también hacen sentir a las mujeres que su regreso ha sido en vano y se sienten desesperadas por los hijos que fueron forzadas a abandonar”.

Las consecuencias psicológicas de la esclavitud sexual son devastadoras. Provoca alta prevalencia de estrés postraumático y depresión. Se calcula que entre 40 y 70 por ciento de la población desplazada sufre estos padecimientos. En algunos casos, el trauma se materializa en forma de fatiga, dolores de cabeza y estómago, flashbacks, pesadillas, ansiedad y un duelo prolongado y complejo.

A esta situación hay que añadir la penuria material de las víctimas. Explica la terapeuta noruega: “Todos sabemos que ser autosuficiente, vivir con nuestros familiares y tener un motivo por el que vivir es primordial para el bienestar en general, no sólo para la salud mental. Para los yazidíes todo son obstáculos de cara a un futuro mejor. La falta de reconstrucción y de seguridad en su región de Sinyar, donde labraban las tierras y pastoreaban, ha hecho que la mayoría siga viviendo en campamentos, con pocas oportunidades laborales o educacionales y condiciones de vida precarias”.

Continúa: “Antes del COVID-19 el desempleo entre los yazidíes era del 50 por ciento, y sus empleos eran inestables y con salarios muy bajos. Estas condiciones de vida son un impedimento para el bienestar y la recuperación tras el genocidio”. Además, células durmientes del EI acechan en las zonas desérticas cercanas a Sinyar.

En estas circunstancias, los yazidíes están cayendo en el olvido y su futuro es cada vez más incierto. Pocos se acuerdan de la concesión del Premio Nobel de la Paz en 2018 a Nadia Murat, una superviviente del EI y una de las principales activistas a favor de estas mujeres. Eso sí, la atención se dispara cuando aparece junto a Amal Clooney, una célebre abogada libanesa-británica que lleva el apellido de su esposo, el famoso actor estadunidense George Clooney.

A pesar de todo, la acusación de genocidio por parte de la ONU empieza a ver sus primeros frutos en juicios específicos a miembros del EI en países europeos. Murad y Clooney aplaudieron el 26 de julio pasado la condena, por parte de un tribunal de Hamburgo, en contra de una exmilitante del EI germano-tunecina que colaboró en la esclavización de mujeres yazidíes. Lo consideran un hito para la causa. “Esto -puntualizó Clooney- no podría haber sucedido sin el increíble coraje de las supervivientes”.

DETRÁS DE LA HISTORIA

Conocí a Suhaima, la protagonista de este reportaje, en abril de 2017 en Dohuk, al norte de Irak, cuando fui invitada a presenciar un grupo de terapia en la sede de una ONG local que daba apoyo a las supervivientes de la esclavitud sexual del Estado Islámico (EI). Era la primera de varias reuniones para la preparación de un documental que había encargado dicha ONG. Cuando descubrí a Suhaima entre el grupo de seis jóvenes me estremecí. Era sólo una niña.

Estaban aterradas porque temían que las obligáramos a hablar, como había sucedido al ser liberadas. Obligadas a hablar por las autoridades kurdas, por la prensa local, por la prensa internacional, por miembros de ONG, por la inteligencia militar. Ellas también querían hablar, reclamar justicia. Pero cada nueva entrevista suponía una rememoración del infierno que habían sufrido. El acercamiento a ellas imponía un tremendo respeto. ¿Cómo entrevistarlas sin dañarlas más? La terapeuta Eivor Lægreid estuvo presente y facilitó que su testimonio fuera lo más laxo e inocuo posible.

Ninguna de ellas fue obligada a hablar. Suhaima guardó silencio durante la mayor parte de este primer encuentro. Lo siguiente que supe de ella fue que sus padres le habían dado total libertad para que hablara con nosotros. Nos recibieron en su habitáculo del campo de desplazados de Qadia, y nos dejaron a solas con ella. Me sorprendió su valentía, su entereza, su sentido de la identidad y sus ganas de vivir. Este reportaje se escribe en honor a ella y a todas las mujeres yazidíes que sufrieron la esclavitud del EI.

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