Nubes grises: datos que contaminan

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Nuestra vida en internet genera cascadas increíbles de información. Fotografías, videos, audios, documentos, conversaciones por chat… todo lo que compartimos en nuestras redes sociales o el contenido de nuestros correos electrónicos es almacenado en un espacio llamado -inofensivamente- “la nube”, que no es otra cosa que el conjunto de enormes centros de datos repartidos por millones en todo el mundo. Propiedad de unos cuantos gigantes tecnológicos, estos sitios -que presumen eficiencia ecológica- son realmente esponjas absorbentes de electricidad y agua que consumen 21% del total de la energía que necesitan los sistemas globales de comunicación. El periodista y consultor en tecnologías sostenibles, Pablo Gámez Cersosimo -quien reside en los Países Bajos-, acaba de publicar el libro Depredadores digitales, en el que dedica un episodio a tan estratégico y controvertido desarrollo informático. Con autorización del autor, Underground publica fragmentos de su investigación.

Noviembre 6 / 21
U

na década fue suficiente para que Países Bajos se consolidara a nivel mundial como uno de los principales nidos de centros de datos hiperescala.

En este tiempo, Países Bajos pasó a ser identificado como «el país de las nubes».

Por ejemplo, en los primeros días de 2018, Google anunciaba la apertura de una nueva generación de «nubes» en los Países Bajos. La Google Cloud Platform (GCP), ubicada en Eemshaven, Groningen, se presentó como «un centro de datos CO2 neutral». La infraestructura del centro de datos se fortalece con el cable Havfrue, el cual conecta Estados Unidos con el continente europeo.

Un año más tarde, en enero de 2019, se dio a conocer que Google obtenía otra licencia para levantar un centro de datos en los Países Bajos, esta vez en Middenmeer. Abarca un terreno de 21 hectáreas. Es una infraestructura de 54 metros de ancho y 520 metros de largo. La nueva nube, indica Google, es necesaria para dar respuesta a la creciente demanda mundial de servicios como Gmail y YouTube.

Pero en abril de 2021, Google comunicó oficialmente que renunciaba a sus planes de construir tres nuevos centros de datos en Middenmeer. Las denuncias, cuestionamientos y revelaciones sobre el costo energético de sus centros de datos, consumo de agua potable, favores fiscales e impacto ambiental calaron profundamente en la sociedad neerlandesa, creando una imagen insostenible para la empresa. «Google está comprometido con los Países Bajos. Esto también es evidente por la inversión de 45 millones que anunciamos […] para la construcción de un nuevo suministro de agua en Groningen. Nuestra inversión total en centros de datos en los Países Bajos asciende actualmente a 2,500 millones de euros».

Con el paso del tiempo, los gigantes tecnológicos se han decantado por la región de Noord-Holland. ¿Las razones? El precio del suelo es barato, la conexión de fibra óptica es de alta calidad. Además, existe la disponibilidad de crear parques eólicos o solares para satisfacer la necesidad energética de los centros de datos (un escenario agotado en el caso del municipio de Ámsterdam).

La firma The Green Bay también anunció la construcción de un centro de datos de 32 MW cerca de la central nuclear en Borssele. Se trata de una inversión de 130 millones de euros, y las instalaciones abarcan un total de siete hectáreas.

Otra de las corporativas tecnológicas que compite en los Países Bajos es Microsoft. Alcanzó un acuerdo con la firma Nuon/Vattenfall, de tal forma que Microsoft adquiere toda la producción de energía del parque eólico de Vattenfall, casi tres veces más grande que el Prinses Alexia Windpark, en Zeewolde.

El parque tiene un mínimo de 100 aerogeneradores, el objetivo es producir 1,3 billones de kWh de electricidad. Esta es la cantidad de energía que durante un año utilizan 370,000 hogares holandeses. Pero es también la cantidad de energía que necesita para funcionar un solo centro de datos de Microsoft.

Cuando lo dio a conocer, la corporativa Microsoft lo hizo en términos de haber logrado el mayor acuerdo de energía eólica en los Países Bajos.

En su storytelling, Microsoft pone el acento en su compromiso de utilizar y consumir energía renovable, e insiste en que su centro de datos en los Países Bajos es una «nube limpia». Para ello, el parque eólico fue construido junto al centro de datos.

Un hecho particularmente interesante es que Microsoft com- pró en Irlanda, de la misma forma, toda la producción de energía generada por el parque eólico Country Kerry, es decir, la totalidad de energía generada en este parque se entregará exclusivamente a Microsoft durante los próximos 15 años, lo que revela la forma en que las corporativas tecnológicas se han asegurado el abastecimiento de las fuentes de energía renovables, en suelo europeo, para uso exclusivamente de ellos.

En el caso de los Países Bajos, 45 % de toda la electricidad que genera se vende como «verde», cuando en realidad solamente produce un 12,5 % de la misma.

¿De dónde proviene el 32,5 % de la electricidad verde importada de los Países Bajos? De plantas de carbón y plantas de energía nuclear mercadeándose como energía verde.

En realidad, es todo un arte de magia.

Generar electricidad «gris» y venderla como «verde» puede ser muy fácil. Incluso está legalmente permitido. Pero el consumidor es, sin embargo, fácilmente engañado. Se hacen con la idea de que pagan por el consumo de electricidad verde.

¿Cómo funciona? Las empresas de energía neerlandesas compran certificados verdes de países que tienen un excedente de electricidad renovable. Estos certificados se denominan «garantías de origen».

Noruega, por ejemplo, produce mucha electricidad verde, especialmente a partir de centrales hidroeléctricas. Como resultado, tienen un excedente de certificados.

Los proveedores de energía holandeses compran estos certificados, pero no reciben físicamente la electricidad verde generada. Eso sí, adquirir estos certificados les permite producir energía a través de plantas de energía nuclear y de carbón, mercadeándola como electricidad verde.

Cuando alguien les pregunta, muestran el certificado. Y dicen: «Mira, es electricidad verde».

Pero el consumidor no es consciente de este truco.

Justo al otro lado del río Potomac (Estados Unidos), Virginia del Norte es el sitio con la mayor concentración de centros de datos en el mundo.

Podría decirse que es el epicentro de las maquiladoras del siglo xxi. El estado de Virginia del Norte es para la nueva economía lo que Ciudad Juárez significó para la industria manufacturera mundial en el siglo xx.

Es así de importante.

Por ejemplo, en el condado de Loudoun County se encuentra el Data Center Alley. No se trata de un lugar cualquiera. Por ahí pasa a diario el 70 % del tráfico mundial de Internet, cifras de un tráfico mundial difíciles de digerir.

El condado quiere mantener su estatus. Para ello ha apostado por una estrategia agresiva, enseñando sus bondades para que se construyan más centros de datos. Claro está, soportar a diario el 70 % del tráfico mundial de Internet requiere cantidades masivas de electricidad.

La mayor parte de esta electricidad la suministra la empresa Dominion Resources, la cual depende casi exclusivamente de fuentes de generación sucias, con solo el 1 % de la electricidad generada a partir de fuentes renovables.

Según las proyecciones de Dominion, los centros de datos son el principal impulsor de su demanda de electricidad.

El estado de Arizona va camino también de consolidarse como una meca de los centros de datos hiperescala en el oeste de Estados Unidos. Es un proceso no exento de polémica.

Los pobladores de la localidad de Chandler persisten en sus quejas ante el zumbido y vibración que generan las instalaciones de, por ejemplo, CyrusOne.

CyrusOne es un centro de datos de casi 185,806.1 m2. El ruido que genera proviene del sistema de refrigeración que debe utilizar para mantener una temperatura adecuada en la granja de servidores.

Los vecinos de la localidad de Chandler denuncian que es un zumbido similar al que emite un mosquito, pero de mayor intensidad: «El zumbido nos estaba volviendo locos. Era un ruido muy molesto e inquietante. Era constante, las 24 horas del día, los 7 días de la semana, los 365 días del año».

En la localidad de Goodyear, al suroeste de Phoenix, la construcción de centros de datos avanza en firme. En 2018 contabilizó un récord de 303 megavatios de demanda de nuevos centros de datos, un aumento del 18 % respecto al año anterior, según informes de los centros de datos de CBRE en América del Norte.

Los incentivos fiscales se suman a las tarifas energéticas de empresas locales. Microsoft también está asentada en Goodyear para anidar sus centros de datos. Y quiere levantar cinco. Cada uno de sus edificios consume a diario un millón de galones de agua. «Eso es suficiente agua para abastecer a aproximadamente 16 800 hogares del área metropolitana de Phoenix durante un año».

En buena medida, los centros de datos son depredadores de agua. Es algo que abordamos en la introducción. Pero es interesante notar que el consumo de agua rara vez se tiene en cuenta al registrar y publicar información sobre el impacto medioambiental de los centros de datos, algo que también advirtió Helena Samodurova, CEO de Incooling.

A pesar de que existe un índice para la eficiencia del uso del agua (WUE, por sus siglas en inglés), este es un parámetro olvidado.

En la actualidad, la WUE está incluida en la norma ISO para centros de datos (ISO/IEC 30134-5:2017), una norma internacional de carácter voluntario que proporciona directrices comunes, pero que no se suele adoptar. La WUE se calcula como la relación entre el agua utilizada en el centro de datos y la electricidad suministrada al hardware informático.

El crecimiento de Loudoun se puede comparar con el que en su día vivió Silicon Valley. El valle se convirtió en la meca de la modernidad digital; este condado de Virginia del Norte se transformó en el corazón de la nube.

Desde 2007, Loudoun se fijó el objetivo de aumentar la tasa de recaudación de impuestos del condado acelerando la actividad comercial. Faltaba sentar las bases y levantar un negocio que permitiera el despegue definitivo del condado. Había, efectivamente, una infraestructura tecnológica avanzada que el gigante de Internet American Online (AOL), UUnet y PSI Net habían sembrado para su crecimiento. A partir de esa infraestructura, lo demás llegó sin mayor dificultad.

Un cóctel de factores hicieron que Loudoun se erigiera como el paraíso terrenal de todas las nubes.

Para hacernos una idea, en 2020, la extensión de la nube en el condado superó los dos millones de metros cuadrados. Todos estos metros cuadrados están poblados de infinitas luces ordenadas en interminables hileras, decenas de columnas de ordenadores, procesadores y cables que permiten nuestros hábitos digitales.

Hasta el momento, existen más de 75 centros de datos en Loudoun.

En 2018, la firma McKinsey documentó que solo entre el 6 % y el 12 % del consumo de electricidad de los servidores en el Data Center Alley se usaba para operaciones de cálculo. El resto era necesario para mantener los sistemas listos y receptivos. «Un poco como dejar el motor del coche encendido cuando está estacionado».

 

La «nube» no es solamente un mercado tecnológico que se disputan los titanes digitales, es también una lucha entre países. En particular, entre China y Estados Unidos.

Por su parte, Europa hace lo posible por ser un actor de relevancia.

Es lo que se ha querido llamar the cloud war, o «la guerra por la nube».

El gran atractivo de la nube radica en la predicción que la firma Gartner hizo al señalar que en los próximos años, el mercado de la nube superará los 278,300 millones de dólares. Esto quiere decir 100,000 millones de dólares más que ahora.

La firma Research & Markets publicó en mayo de 2018 su informe «Data Center Construction Market –Global Outlook and Forecast 2018-2023». Es un informe corporativo y, como tal, tremendamente optimista del sector.

El informe indica que el mercado global de construcción de centros de datos generará ingresos de alrededor de 45,000 millones de dólares para 2023, creciendo a una tasa anual de más del 6 %. Los centros de datos, en el capitalismo digital, son el pastel con la cereza.

Con dos cerezas, para entenderlo mejor.

Un vistazo a la información hecha pública por Amazon, Microsoft y Google en lo que respecta a sus ganancias derivadas por el uso de sus nubes permite determinar que Amazon Web Services (AWS) domina el mercado con 18,000 millones de dólares en ingresos. Microsoft se sitúa en el segundo puesto y Google Cloud, en el tercero.

Es fácil entender que dominar la nube es una prioridad para los titanes tecnológicos. Y, de forma planificada, los gigantes de la tecnología nos han pastoreado hacia una de sus nubes, creando una delicada dependencia.

En Europa, distintos líderes políticos confiesan que los próximos años serán decisivos para asegurar la «soberanía digital». Basándose en el estado de urgencia producido por la COVID-19, el gobierno francés aceleró la puesta en marcha del Health Data Hub, una plataforma alojada en Microsoft que va a centralizar la casi totalidad de los datos sanitarios de los ciudadanos. De inmediato, la Comisión Nacional de Informática y Libertades francesa alertó de que el contrato «menciona la existencia de transferencia de datos fuera de la Unión Europea».

Citando a la excanciller alemana Angela Merkel, «muchas empresas han externalizado todos sus datos a empresas estadounidenses. No digo que sea malo en sí mismo, solo quiero decir que los productos de valor agregado que surjan de eso, con la ayuda de la inteligencia artificial, crearán dependencias de las que no estoy segura de que sean buenas».

En los últimos años, Merkel ha sido una de las voces más críticas sobre la lentitud de Europa en crear una alternativa de la nube de Silicon Valley. Merkel nos recuerda que «los europeos aún no hemos decidido realmente cómo queremos manejar nuestros datos. Hay un gran peligro de que terminemos por ser demasiado lentos». ¿Esa lentitud está cambiando?

Berlín ha dado un paso decisivo anunciando el nacimiento de Gaia-X, una iniciativa europea de computación en la nube, descrita como una «infraestructura de datos competitiva, segura y confiable para Europa».

Pero ¿podrá Gaia-X ofrecer a los clientes europeos una alternativa competitiva a los proveedores existentes de Estados Unidos o China? ¿Puede Europa superar las profundas diferencias entre sus países para desarrollar su propia industria en la nube? En todo caso, las autoridades alemanas esperan que Gaia-X sea un facilitador de plataformas made in Europe.

El presidente francés Emmanuel Macron comparte las preocupaciones de la excanciller Angela Merkel. Macron advierte que Europa llegó al punto de no poder garantizar la soberanía tecnológica de sus sistemas informáticos. En el caso contrario, dice, «nuestras decisiones serán dictadas por otros».

Países Bajos se apresura a decir que «esto no significa que Europa y Estados Unidos se dirijan a una guerra digital por la propiedad de los datos del consumidor», explica un alto funcionario holandés. «Lo que queremos es proteger la información de los civiles, que no sea simplemente utilizada por las empresas privadas».

Pero, en realidad, la nube parece ser un oligopolio.

De las diez empresas tecnológicas más grandes del mundo, seis son estadounidenses. Ninguna es europea.

Depredadores digitales. Una historia de la huella de carbono de la industria digital.

De Pablo Gámez Cersosimo. Editorial Círculo Rojo (España). 540 páginas.

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