Cuando hace 25 años llegué a Bruselas, no éramos más de una decena de corresponsales reportando para medios mexicanos. La prensa mexicana —y la global— ya atravesaba una crisis cuando yo estudiaba periodismo en México, a finales de los años 90 del siglo pasado. Pero entonces, hace 25 años, éramos todavía una treintena de corresponsales informando a México desde distintos rincones de Europa.
Hoy, nuestra función prácticamente ha desaparecido. En Bruselas quedamos apenas dos corresponsales mexicanos.
Hay que reconocerlo: perdimos nuestro espacio, al menos como era.
No entraré en detalles; el tema merecería un libro entero. Me enfocaré a decir quelos pocos mexicanos que permanecen en Europa ejercen, en su mayoría, como freelancers obligados. O trabajan mejor pagados para medios europeos y complementan sus ingresos —o hacen trabajo voluntario, “por amor al arte”— con medios mexicanos. No pocos, simplemente, han dejado la profesión.
Aquí cabe entonces una pregunta inevitable: ¿quién informa a México de lo que pasa en el mundo? Y, más en concreto, ¿quién informa a México de lo que ocurre en Europa?


