El mexicano Ricardo Tapia nunca imaginó que lo aprendido en el negocio familiar de autopartes le permitiría abrirse un camino en Europa cuando decidió emigrar en 2003, a los 29 años. Hoy, en un alto puesto ganado con mucho tesón en una organización internacional, el oriundo del sur de la Ciudad de México desempeña una tarea complicada: ayudar desde los bastidores a que las elecciones sean democráticas en países muchas veces en conflictos armados o abandonados a la miseria. “Como mexicano tengo una ventaja sobre los europeos: una visión más próxima de la miseria y la muerte”, afirma Tapia a Underground.

Septiembre 25 / 21


BRUSELAS, Bélgica.- Transcurría 2010 y por primera vez el mexicano Ricardo Tapia viajaba a África. Había sido enviado a Guinea-Conakry por la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) para explorar la posibilidad de que la Unión Europea (UE) mandara observadores a las elecciones que tendrían lugar aquel año en esa antigua colonia francesa.

Cuando aterrizó en el país a las tres de la mañana se dio cuenta que el “aeropuerto” no tenía los servicios como los que él conocía, y que sólo lo abrían -y encendían las luces- al momento de algún aterrizaje. Había, eso sí, cientos de personas vendiendo y comprando baratijas. Era un lugar inseguro y le urgía salir de ahí. Pero el chofer que lo tenía que esperar y conducir a su hotel nunca llegó. Se había quedado dormido. Y no había taxis.

Esperó una hora. Se estaba quedando solo. El aeropuerto estaba por cerrar y sintió que su vida corría peligro si se quedaba. “Salí y vi a dos tipos malencarados que me preguntaron a dónde iba. Les dije que a tal hotel y se ofrecieron a llevarme. Me cobraban 50 euros, el doble de lo que me hubiera costado en Europa en esa época. Me dije: ‘todo lo que haya que perder ya lo perdí aquí’. Y me subí a un coche viejo dispuesto a enfrentar lo que pasara”, relata el mexicano con buen humor.

Afortunadamente llegó sin sorpresas a su destino. Esa sería para Ricardo una de las muchas experiencias que ha acumulado desde que un día tomó sus maletas y abordó un vuelo que lo llevó a Europa con una sola idea en mente, la cual mantiene hasta hoy: regresar sólo de vacaciones a México.

Su historia de este lado del Atlántico se puede iniciar arbitrariamente en 2007, con una simple cita de trabajo en Bruselas, la capital de Bélgica, de la UE y sede de montones de organizaciones internacionales. Ricardo se presentó a una vacante de almacenista que ofrecía la representación local de la OIM, una organización asociada a la ONU desde 2016. “Hice la peor entrevista del mundo; mi manejo de (el programa) Excel era malo; mi francés, nulo, y mi inglés ni hablar. Todavía me pregunto por qué me eligieron”, recuerda entre risas el originario de la Ciudad de México, más precisamente de la unidad Fovissste Miramontes, al sur de lo que era todavía el Distrito Federal.

Tenía 33 años en ese 2007. Había estado seis meses desempleado en Bélgica, el tiempo que duró el trámite para conseguir el permiso de residencia y trabajo en el país. El dinero no faltaba: él tenía algunos ahorros y su esposa, francesa, trabajaba con un buen salario en la Comisión Europea. Ricardo recuerda que se dedicaba a leer y escribir.

Cuando por fin pudo trabajar nadie lo contrataba porque no hablaba francés. Sin nunca antes haber siquiera entrado a una fábrica, Ricardo aceptó un puesto en una cadena de ensamblaje, pero sólo fue un día porque dice que se dañó la espalda llenando de papel una máquina durante ocho horas. Luego trabajó medio año en la bodega de una empresa importadora de instrumentos musicales, pero su jefe -asegura- era un autoritario y buscó otra cosa.

Fue una lección de vida. Nunca aprendí tanto del mundo real: en México nunca viví fuera de la burbuja familiar; siempre viví con mi padre, trabajando en su negocio de refacciones”, comenta el mexicano, que dejó su carrera de ingeniería mecánica en la UNAM para meterse a estudiar guitarra eléctrica -lo que hizo durante más de tres años- animado por el sueño de algún día llegarse a convertir en un “rock star”. Hoy, de la música conserva una pasión por el jazz y una buena conversación sobre los grupos del heavy metal más pesado que escuchaba en su juventud.


Su aventura como migrante no había comenzado en Bélgica. Ya se las había visto duras -y quizás más- en Barcelona, a donde llegó en 2003 acompañando a su esposa, que había ganado una beca del programa Erasmus para estudiar una maestría en literatura hispánica en la universidad de aquella ciudad. Durante los tres meses que estuvo sin papeles, lo único que podía hacer era buscar trabajos precarios y pagados en efectivo. Lavó platos en un restaurante “mexicano” donde sólo él lo era, y abrió tantas latas de Coca-Cola limón en la playa que terminó lastimándose el dedo que usaba para hacerlo. “No conozco mejor ciudad en el mundo que Barcelona porque la sufrí: anduve de calle en calle, de norte a sur, pidiendo trabajo por primera vez en mi vida”, comenta.

Como le sucedió años después en Bruselas, cuando pudo trabajar legalmente en la capital catalana tampoco le fue fácil ser contratado porque no dominaba el idioma local. Por eso pensó que su oportunidad había llegado cuando por fin comenzó a trabajar en una concesionaria de vehículos franceses Peugeot. Se puede decir que Ricardo conocía como la palma de su mano el negocio de las refacciones automotrices, en el que había trabajado durante más de una década en México. Pero fue despedido, con la justificación de que no estaba familiarizado con los productos. El mexicano explica a carcajadas: “¡Lo que pasó es que en España muchas refacciones se llaman de otra manera!”.

Donde sí duró tres años trabajando fue en una distribuidora de la marca italiana de automóviles deportivos Alfa Romeo. Ello le sirvió para reconstruir su amor propio, probarse que podía salir adelante solo y en otro país y, en un terreno meramente material, para recuperarse económicamente. Lo considera su “revancha contra Barcelona” antes de que recomenzara desde cero en Bruselas.

Harto del país


A diferencia de muchos mexicanos que se ven forzados a emigrar por necesidad económica, o que caminan detrás de una oportunidad educativa o laboral en el extranjero, Ricardo asegura que él quería irse del país desde antes de surgir la posibilidad de hacerlo. “Mi sueño -confiesa- era marcharme de México. En general, los mexicanos, al menos los que yo conozco, tenemos esta relación amor-odio con el país. Hay cosas que amamos y otras que detestamos profundamente. Yo estaba harto”.

Azares del destino: se enamoró de una francesa, con la que se casó en Coyoacán. Él tenía 27 años y ella 23. En ese momento, Ricardo tenía una vida, como él dice, “medianamente resuelta”. Tenía un negocio pujante de venta de refacciones -que creó tras la muerte de su padre-, un departamento propio, un carro nuevo, dinero para divertirse… Y todo, expresa, lo “malvendió” para saltar a Europa con su esposa. Su negocio incluso se lo dejó a cuatro de sus empleados como liquidación por tantos años de servicio a él y a su padre.

“Ella fue básicamente la que me llevó a Barcelona y la que me trajo a Bruselas”, comenta, reconociendo la importancia que tuvo para él su primera esposa, de la que se divorció un año después de haber comenzado a trabajar en aquel almacén de la OIM. A la postre, además, ese empleo significó para el mexicano el arranque de una trayectoria ascendente en un ámbito de la diplomacia internacional poco conocido para el gran público.


Ricardo se ocupó de hacer un inventario -que no se había hecho durante años- de todos los equipos informáticos y satelitales usados en las misiones de observación electoral de la UE, entre ellos -recuerda- los que se habían utilizado en la de México durante los comicios presidenciales de 2006. Los escaneaba uno por uno en una bodega cercana al aeropuerto internacional Zaventem de Bruselas. Aplicó los conocimientos de organización y registro de mercancías que había aprendido en su refaccionaria de México. Y trabajó muy duro, tal como le enseñó su progenitor, quien no descansaba ni en fines de semana y días festivos.

Sus jefes quedaron más que satisfechos y entonces se disparó una cadena de circunstancias fortuitas que el mexicano ha sabido aprovechar con mucho esfuerzo hasta la fecha. Le confiaron primero el envío del material a las misiones que había en curso (a Timor Oriental o Sierra Leona aquel 2007). Luego sustituyó a su jefe como responsable de compras del equipo. Poco después, como no había disponible nadie que hablara español, le propusieron irse de “coordinador” de la misión de observación electoral para el referéndum constitucional en Bolivia que tuvo lugar en enero de 2009. Dijo que sí.

Su tarea fue montar literalmente de la nada un centro operativo. “Reservamos todo un piso de hotel, pedimos que nos vacíen las habitaciones y ahí montamos oficinas. Metemos escritorios, instalamos los sistemas de comunicación, de internet, de telefonía, conectamos computadoras y laptops… Y eso lo hacemos en una semana, antes de que llegue el core team, que son los expertos electorales”, explica.


Siguieron las promociones. Ricardo fue enviado a Ecuador como adjunto del experto de operaciones para solucionar la logística -durante tres meses- de la misión de observación europea de las elecciones generales de 2009. En esa nueva responsabilidad gestionó el transporte internacional y local de decenas de observadores, sus hospedajes, la compra y funcionamiento de todos los dispositivos… Hasta los chalecos y las gorras oficiales que portaron tuvo que supervisar. “Esa -comenta- fue la misión en la que aprendí. Y una vez que sobrevives a la primera, ya no paras, y vas enganchando una misión tras otra”.

Confianza


Ricardo consiguió el año pasado alcanzar el máximo puesto al que podía aspirar en la Unidad de Apoyo Electoral de la OIM. Fue nombrado director de proyecto para las misiones de observación electoral de la UE, las que, por cierto, gozan de la mejor reputación internacional junto con las que realiza el Centro Carter de Estados Unidos y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE).

Viendo hacia atrás, él tiene muy claro por qué está ahí: “La suerte que tuve fue que hubo personas que confiaron en mí. Tenía dos jefes -uno de ellos español- que vieron que podía hacer algo más que escanear aparatos y me dieron la confianza para hacer cosas por primera vez. Mucha gente es capaz, pero no hay quien le diga ‘¡lánzate!’”. Y un hecho importante: cuando entró a la OIM en 2007, la organización -como lo hace regularmente- estaba contratando en prioridad ciudadanos de países poco o nada representados al interior, y uno de ellos era México.

En total, el oriundo de la capital mexicana ha participado en la implementación de 35 misiones de observación electoral de la UE -tanto desde Bruselas como en el terreno- en países de Europa, Asia, Latinoamérica y África. Ha trabajado, además, en misiones humanitarias de emergencia como las que surgieron en Haití en 2010 -a raíz del terremoto-, en República Centroafricana en 2013 y en Mozambique en 2019. Por razones de facilidad de visado, Ricardo viaja siempre con su pasaporte francés, el que obtuvo casi al mismo tiempo que empezó a trabajar con la OIM.

La conversación con el mexicano está llena de anécdotas de todo tipo que él ha vivido a lo largo de tantos viajes a países en conflicto. Cuenta, por ejemplo, cuando en 2013 fue a montar una oficina de la OIM en la República Centroafricana y estalló la guerra civil en la capital Bangui. Desde su cuarto en un hotel de lujo, que tenía piscinas y canchas de tenis -y cuya entrada estaba custodiada por un tanque de las tropas francesas-, él podía escuchar las ráfagas de metralleta de los combates.

Pero lo que más le ha pegado emocional y moralmente es la “miseria más inhumana” de la que ha sido testigo, sobre todo si están involucrados niños. Cuando relata esas historias se le llegan a humedecer los ojos. Pone de ejemplo lo que vio en West Point, un barrio de mala muerte de Monrovia, la capital de Liberia, país al que fue en la Navidad de 2017 como jefe de proyecto de una misión electoral de 180 observadores. A ese barrio fueron exclusivamente a filmar la donación de equipo a una ONG. Fue ahí donde vio, sentados en el fango, a un niño que “abrazaba con angustia y como si fuera su hija” a una niñita más pequeña que él y que lloraba de hambre, desnuda. Narra: “Era como ver a un adulto en un cuerpo de niño intentando calmarla, con una actitud de impotencia. Es una imagen que jamás borraré de mi mente. Eran niños que tenían las edades de los míos. Me tuve que alejar para llorar”.

Fue también impactante para él estar en los “campos” improvisados de desplazados musulmanes en República Centroafricana, en aquel 2013. En realidad no había tiendas -ni drenaje ni electricidad- porque la gente había llegado ahí para esperar mientras era evacuada en aviones fletados por países como Sudán. Pero pasaba mucho tiempo antes de que eso fuera posible y los desplazados se fueron aglutinando. El olor era nauseabundo. “Era una mezcla de vómito, excremento, diarreas, sudor, hedor de pies, sexo, menstruación. Es un olor que como occidental no puedes imaginarlo”.


Otro episodio que dice que tampoco podrá olvidar ocurrió en Haití en 2010. El país estaba devastado por el sismo, y un mes y medio después un huracán arrasó las casas de lámina y cemento que se habían podido construir. El personal humanitario de la ONU era transportado todos los días en dos autobuses, escoltados, desde el crucero donde dormían -aportado por el gobierno venezolano- al centro logístico donde trabajaban. Era un trayecto de 40 minutos.

“Esa noche caía una tromba -relata el mexicano- y en el autobús nos pusieron la película Piratas del Caribe. En un momento pasamos por uno de los campos donde trabajábamos y conocíamos a la gente. Medio abrí la cortina de la ventana y vi a esas personas caminando en medio del agua y del lodo con sus hijos en brazos, y yo sentado en el pinche camión con aire acondicionado y viendo Piratas del Caribe. Eso te pone en una disyuntiva moral insoportable”.


La parte luminosa fue que ahí conoció a su actual esposa y madre de sus dos pequeños hijos, una arquitecta italiana involucrada en la construcción de refugios temporales en el Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos.

Ricardo ha trabajado en 12 de los 20 países con el peor desarrollo humano del planeta. “En esos lugares -reflexiona- puedes ver la dimensión real del ser humano y te cuestionas: ‘¿Cómo carajos hemos llegado a esto?’. Y te vuelves un poco cínico”. Pese a todo, cree que su condición de mexicano le ha ayudado a sobrellevar ese choque.

Explica: “Yo tenía la ventaja de ser mexicano. Tenía una visión de la muerte diferente a la de los europeos. Había visto ya la miseria en México, porque el hambre es el hambre, aunque reconozco que verla masivamente es muy fuerte a pesar de que siempre tuve la piel muy dura. Y ahora que tengo hijos me he ablandado”.


Sin embargo, Ricardo quisiera dejar en un año su puesto, que lo ata a Bruselas, para volver al terreno a hacer “misiones exploratorias”, que son tareas diplomáticas de alto nivel en las que él ya ha participado desde 2017. Duran dos semanas y se adaptan a su actual vida familiar. “Es un mundillo de 20-30 expertos” -según sus palabras- que a nombre de la UE hacen esas misiones previas para aconsejar a la misma si es aconsejable o no enviar observadores o técnicos electorales al país; y si es el caso en qué formato enviarlos, cuántos, a qué lugares, y qué presupuesto es necesario.

Son misiones extraordinarias que me encantan”, refiere el mexicano, y agrega: “En ellas hablas con la crema y nata del país: con los candidatos presidenciales, con el ministro de Relaciones Exteriores, con el jefe del órgano electoral, con los jefes de las representaciones de la ONU o, en su caso, de la Organización de Estados Americanos, con las organizaciones no gubernamentales más importantes… es gente que te da una cátedra del momento que vive el país y que no encuentras en ningún libro”.


-A estas alturas, ¿cómo podrías resumir tu historia como migrante mexicano?

-Básicamente mi historia es la de un güey que trabajó muy duro y que tuvo mucha suerte conociendo gente que le dio la oportunidad de crecer.

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Marco Appel
Marco Appel
Desde 2001 ha sido corresponsal en Bruselas de medios mexicanos como Milenio, Grupo Expansión o los desaparecidos Diario Monitor y El Independiente. Entre 2005 y agosto de 2020 fue el corresponsal de la revista Proceso. Fue becario en Bruselas del Programa de Visitantes de la Comisión Europea y, en Berlín, del Programa Internacional de Periodistas. Es coautor de los libros Drogas libres, libres de drogas (México-España, 2012) y de Epidemia Ultra (Berlín, 2019).
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