Front 242: cuatro décadas de música electrónica

La legendaria agrupación belga Front 242 cumple 40 años de existencia (en los que ha visitado México varias veces). Para celebrarlo estaban previstos dos conciertos en la capital de Bélgica este mes de diciembre pero el aumento de los contagios de COVID-19 -en Europa- obligó a suspenderlos. Por lo pronto, Underground reproduce para sus lectores fragmentos editados y actualizados de una entrevista realizada en 2014 a uno de sus integrantes, Richard 23, la cual fue publicada por la revista Proceso.

 

Diciembre  18 / 21


BRUSELAS, Bélgica.- “Cada uno de los conciertos que hemos dado en México ha sido muy intenso, aunque a veces las condiciones técnicas y de seguridad sean también difíciles”, comenta en entrevista Richard Jonckheere, alias Richard 23, integrante de la agrupación electrónica de culto Front 242, que está cumpliendo 40 años de vida artística.

Richard 23 no recuerda con precisión el número de giras que el grupo ha efectuado por México, en las cuales se han presentado en la Ciudad de México, Monterrey, Guadalajara y Tijuana. Dice que “cuatro o cinco” desde 1991.

Impulsores del llamado Electronic Body Music o EBM –un género de música electrónica que se caracteriza por sus ritmos fríos y bailables y que marcó la vanguardia en los años ochenta–, Front 242 se distinguió por su trabajo de experimentación sonora y estética y por sus espectáculos explosivos.

Cada una de las presentaciones en México ha sido memorable para sus seguidores, aunque la que más marcó a los integrantes de Front 242 fue la de 1991. Esta agrupación llegó al país en uno de sus mejores momentos: en Europa y Estados Unidos se había posicionado como uno de los pilares de la escena electrónica firmando contrato con la legendaria discográfica Wax Trax y acababa de salir uno de sus álbumes más celebrados, Tiranny (For You), distribuido por la compañía trasnacional Epic/Sony.

Richard 23, que entonces tenía 27 años, recuerda: “La primera vez que estuvimos en México fue en Monterrey, después de una noche de fiesta en Los Ángeles. Hacía un calor espantoso. En la aduana nos recibió un funcionario gordo, bigotudo y con lentes oscuros. Los trámites para que nos dejara pasar estaban tardando mucho tiempo. De pronto, llegó un tipo pequeño de traje y corbata, de unos 20 años, acompañado de dos guardaespaldas, habló con el aduanero y de inmediato nos permitieron pasar. Era nuestro ‘promotor’, quien resultó ser hijo de un rico empresario cervecero y fan del grupo, que nos contrató con su propio dinero.”

Richard 23 relata, todavía con asombro, el lujo con que fueron tratados, incluyendo alojamiento en un hotel de cinco estrellas, viajes en limusina y privilegios en los sitios a donde fueran. Pero hubo un aspecto que le disgustó:

“Tocamos en la discoteca de moda de Monterrey. Los boletos costaban un dineral y en el concierto únicamente había jóvenes de la burguesía local.”

Días después, el 25 y 26 de septiembre, tenían dos conciertos programados en el teatro Ángela Peralta, espacio al aire libre ubicado en la colonia Polanco de la Ciudad de México. Su presentación había despertado gran expectativa en la escena underground capitalina. Los boletos de ambas fechas se habían agotado.

Cuenta:“El primer día tuvimos un montón de problemas técnicos. Uno de nuestros asistentes de sonido recibió una descarga eléctrica. Fue un caos. Durante el concierto había fallas de sonido, pero más de mil personas enloquecidas no paraban de gritar”, comenta entre risas: “Me acuerdo haberle dicho a Patrick que en México éramos como Los Beatles.”

Durante ese concierto hubo gente sin boleto que quiso entrar a la fuerza y tuvo que intervenir la policía, le comenta este corresponsal.

“Yo no vi nada de lo que pasaba afuera. Sólo veía una multitud prendidísima. Al otro día en la tarde, cuando llegamos a hacer la prueba de sonido, vimos el anuncio de cancelación en la puerta. Uno de los promotores mexicanos nos dijo que los vecinos se habían quejado en la delegación, pero horas después supimos que en realidad no había permiso para los conciertos.

“Regresamos al hotel, que estaba enfrente. Nuestro manager estadounidense me llamó a mi cuarto para decirme: ‘Estamos en problemas. Los fans están muy enojados. Temo que la policía nos eche la culpa de lo que pasa, que nos detengan y que confisquen nuestro equipo. Voy a adelantar los boletos de avión para irnos de inmediato. No salgas de tu cuarto’.”

Una hora más tarde, los miembros del grupo recibieron instrucciones de dirigirse directamente al estacionamiento –la factura había sido ya arreglada– y que se fueran rumbo al aeropuerto. “Fue una situación incómoda. Nunca habíamos tenido ese tipo de problemas”, reconoce Richard 23, y prosigue:

“Al salir del hotel recuerdo que había fans enardecidos que corrían detrás del automóvil. Nuestro manager nos avisó que la policía había entrado a nuestras habitaciones en busca de drogas. No lo podíamos creer. Pensamos que nos arrestarían llegando al aeropuerto, o que en cualquier momento la policía nos alcanzaría. Cuando el avión despegó, todos comenzamos a gritar de júbilo.”

Posteriormente se enteraron que su técnico de iluminación, un canadiense, había fumado en el baño un churro de marihuana. Un empleado en el corredor reconoció el olor, y el servicio de seguridad del hotel llamó a la policía.

Se le menciona que existió también una campaña en la que se les acusaba de neonazis, por lo que se llamó a boicotear sus presentaciones en el Ángela Peralta. “No sabía que eso había pasado en México. En esa época teníamos ese problema en otros países, debido a nuestra indumentaria: usábamos viejos overoles de aviación o petos de beisbol de los años cuarenta. Teníamos una estética entre militar, deportiva y de comando, inspirada en películas de la época, como Apocalypse Now.”


Narra que a mediados de los ochenta, un periodista de la revista belga Humo publicó una reseña donde los acusó de fascistas, afirmando incluso que usaban brazaletes con las letras SS de los escuadrones de élite nazis, lo cual, asegura Richard 23, era mentira. Esa información fue retomada en Francia por la revista New Look, cuyo título fue algo así como El rock en camisa parda, referencia al uniforme de las fuerzas de asalto nazi.

“Un día salí con mis hijos a comprar el pan. El panadero de mi barrio me dijo que estaba muy decepcionado de mí, pues no sabía que yo era un fascista. Él lo leyó en el (diario belga) Nieuwsblad, que había retomado el artículo de New Look.”

No lo soportó más. El grupo contrató al abogado que había defendido también al célebre cantante francés de origen judío Serge Gainsbourg. New Look tuvo que publicar una réplica donde el grupo se deslindó de las acusaciones. “Fue la primera vez que tomamos posición y exigimos que la difamación se terminara”, refiere Richard 23.

Cuando el grupo firmó en Estados Unidos con el sello Epic/Sony, reeditaron el material discográfico Back Catalogue en el que insertaron un texto aclaratorio donde advertían que Front 242 “no expresaba ninguna ideología política”. Admite el entrevistado: “Eso me dolió personalmente; sentí que estábamos disculpándonos por algo de lo que no éramos culpables. Pero las difamaciones tomaban ya proporciones ­inaceptables y en Francia hasta nos habían anulado algunos conciertos.”

La situación le parece hoy absurda: “A los 18 años voté por los socialistas y después lo he hecho por los ecologistas, que están más a la izquierda. Mi manera de ver el mundo es de izquierda. Patrick también vota por los ecologistas. Jean-Luc tuvo una educación católica con valores humanistas vinculada al movimiento de solidaridad con los más desprotegidos. Y Daniel, que es hijo de inmigrantes italianos que trabajaron en las minas, igualmente es de izquierda. “¿Cómo es posible que esos cuatro tipos que se juntaron para hacer música y no para transmitir mensajes políticos sean tachados de fascistas? Afortunadamente ese capítulo es historia.”

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Marco Appel
Marco Appel
Desde 2001 ha sido corresponsal en Bruselas de medios mexicanos como Milenio, Grupo Expansión o los desaparecidos Diario Monitor y El Independiente. Entre 2005 y agosto de 2020 fue el corresponsal de la revista Proceso. Fue becario en Bruselas del Programa de Visitantes de la Comisión Europea y, en Berlín, del Programa Internacional de Periodistas. Es coautor de los libros Drogas libres, libres de drogas (México-España, 2012) y de Epidemia Ultra (Berlín, 2019).
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