BRUSELAS, Bélgica.- Ella prefiere ser llamada con su nombre de artista: Desirée Cerocién (0100). Nació en México hace casi 33 años y desde 2011, pese a las adversidades, ha construido una carrera artística en Europa con mucho esfuerzo y sacrificio.
Mestizo Arts Platform, una importante red de organizaciones artísticas de Bélgica, la presentó así en 2022 en el marco de una de sus presentaciones:
“Désirée 0100 es una bailarina y coreógrafa nacida en 1992 (México). Vive en Bélgica desde 2018. Su trabajo está estrechamente relacionado con la práctica de la improvisación, el folclore, la musicalidad, la migración, los rituales de sanación y la justicia social para las comunidades marginadas.
“Además de su carrera escénica, Désirée enseña y crea oportunidades de danza en hospitales, prisiones y centros psiquiátricos, así como para bailarines profesionales y aficionados en instituciones culturales y artísticas. Como artista invitada ha colaborado con David Zambrano, Florence Casanave, Simon Van Schuylenbergh, Benjamin Abel Meirhaighe, Krakland y The Ostend Street Orkestra, entre otros. Formó parte del equipo fundador del Centro de Arte Tictac, donde trabajó durante tres años (2018-2021)”.
Hasta ahí el resumen de su vida artística en Bélgica.
Underground Periodismo platicó con ella para conocer más de lo que hay detrás de ese interesante perfil.
De Francia a Bélgica

Esta historia arranca con la llegada de Desirée a Bélgica en 2018, cuando tenía 27 años. Había estado un buen tiempo en Francia, pero ese es otro episodio de su vida que ella misma contará más adelante.
En Bélgica comenzó con el pie izquierdo. “Manejé muy mal mi proceso migratorio y perdí el derecho de visado que tenía en Francia“, explica tranquilamente la mexicana en una sala de La Bellone, un centro creativo para artistas escénicos ubicado en el centro histórico de Bruselas.
Desirée había terminado sus estudios de artes plásticas en Rennes, la capital de la región francesa de Bretaña, al noroeste del país.
Era un momento “decisivo” en su situación migratoria, pues el permiso de residencia que había obtenido en Francia concluía al dejar de estudiar en ese país o establecerse en otro. “Pensé que podría sacar una visa de trabajo directamente llegando a Bélgica“, relata. Y no, el trámite no fue tan sencillo como creía y los siguientes tres años se vio obligada a vivir en Bélgica sin una autorización legal y cargando todos los problemas que esa complicada circunstancia conlleva.
Conforme pasaba el tiempo y su regularización migratoria en el país demoraba, ella consideró cada vez con más fuerza la posibilidad de regresar a México. El miedo fue más fuerte y no lo hizo. Y es que la violencia presente en el país -y que afectaba a personas cercanas a ella- fue la que la detuvo.

Por qué se mudó a Bélgica
Sin embargo, lo que la hizo quedarse en Europa, a pesar de todo, tenía que ver con su propia experiencia.
“En México -narra- me trataron de secuestrar dos veces: una en la Ciudad de México y otra en Oaxaca. Hoy tú me ves vistiendo pantalón y una t-shirt; pero a mí me gusta salir con maquillaje, a veces con vestido, a veces con tacones. Entonces, cuando he salido a la calle vistiendo de una forma más femenina, me han tratado de secuestrar o me han pasado un montón de otras cosas. Teniendo eso en mente, yo me sentí muy vulnerable en ese momento y fue cuando tomé la decisión de aplicar para el asilo en Bélgica“.

Desirée solicitó la protección del Estado belga en 2021. Apenas este año se lo concedieron.
“A mí me dolió, me dolió bastante pedir asilo porque no puedo regresar a México por lo menos los siguientes cinco años. Y ya llevo siete sin ir allá“, señala.
La entrevistada se refiere a la prohibición que tienen las personas asiladas de regresar al país donde corren peligro durante un periodo de cinco años a partir de la obtención del asilo. Si lo hiciera, perdería su estatus y todos los derechos que lo acompañan (permiso de trabajo, prestaciones de seguridad social, apoyo de vivienda, ayuda financiera…).
El argumento que presentó la mexicana a las autoridades belgas y que pesó en la decisión de otorgarle protección fue el de la violencia existente en México contra las mujeres y la población LGBT+.
Explica: “Casi no se habla de la violencia que hay en México contra las mujeres, las mujeres trans, las personas queer… es una violencia bastante extrema. Con la tasa de feminicidios que hay en México, sería legítimo que cualquier mujer del país quisiera pedir asilo (en otros). Creo que es justificado”.

Sobre su decisión de solicitar asilo
En 2024 se cometieron en México 839 feminicidios, según el Secretariado Ejecutivo del Sistema de Seguridad Pública.
Encontrar datos oficiales del número de agresiones contra los grupos de la diversidad sexual es más complicado. El Observatorio Nacional de Crímenes de Odio Contra Personas LGTB, conformado por organizaciones de la sociedad civil, contabilizó en 2024 un total de 146 delitos, de los cuales 59 fueron asesinatos de mujeres transgénero. Ese año fue el más violento contra esa comunidad en México desde 2014 que el primer monitoreo registró 24 delitos. Tan mala es la situación en México que, a nivel mundial, es el segundo país con más transfeminicidios (701 entre 2008 y 2023) solo detrás de Brasil, señala Transgender Europe, una red de ONG con sede en Berlín.
Entre dos mundos

Desirée nació en la Ciudad de México, pero pasó sus primeros años de vida en el estado de Hidalgo, la tierra de su madre, una mujer que disfrutaba mucho pintar. “Viví allá con mi mamá, mi abuela y algunas hermanas de mi mamá, que tiene 10 hermanas y un hermano. Había mucha gente todo el tiempo“, recuerda.
Vivió hasta los seis años en Huichapan, una localidad hidalguense donde, dice bromeando, “los hombres se dedican a trabajar en la mina o a vender tacos de barbacoa, que es muy buena“.
Así, todavía muy pequeña, se mudó a la capital mexicana para estar con su papá, el conocido caricaturista Manuel López Ahumada, quien firmaba su trabajo simplemente como “Ahumada” en el periódico La Jornada. Desirée confiesa que ella lo veía como una especie de rock star. “Lo percibía como alguien famoso; él tenía muchos amigos, era parrandero…“.

Sobre su gusto por la caricatura
Admite que siempre fue muy difícil combinar esas dos realidades entre las que transitaba: una familia materna “muy de campo y en algunos aspectos muy conservadora“, y otra paterna “urbana y rockera“. “No entiendo cómo mis papás se enamoraron y tuvieron hijos“, comenta la entrevistada con una notable sinceridad en sus palabras y su mirada.
Ya más grande quiso estudiar medicina, aunque el arte siempre la acompañó. No siempre como lo hubiera deseado. Su madre, como se mencionó anteriormente, tenía vocación por la pintura, pero con todo y que tenía talento fue muy difícil para ella posicionar su nombre en el circuito de las galerías debido, explica Desirée, a factores externos conectados con la dinámica propia del duro negocio del arte.
Su padre, por otro lado, que había estado en la cumbre de su carrera en los años 80 y 90, se estancó después. Con problemas de salud, casi dejó de exponer su trabajo. “Yo vivía inmerso en el mundo del arte, pero crecí viendo a dos artistas batallando muy feo“, confiesa Desirée.
Por eso tomó la decisión de presentar el examen de admisión de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) para cursar medicina… pero su madre, dice, lo empujó a estudiar arte.
Esa decisión, sin embargo, lo dejó marcado: “Hasta hoy me sigo haciendo la pregunta, por lo menos una vez al mes, sobre qué hubiera sido de mí si hubiera estudiado medicina. Pero bueno, no sé si con la caótica vida de mis padres me hubiera podido pagar los estudios, que son caros. Y no se puede trabajar y estudiar medicina al mismo tiempo. Entonces me resigné y me metí al arte, que siempre estuvo ahí. Tampoco fue un drama gigantesco“.
Lo que siguió fue un camino definitivo a su destino: Desirée fue rechazada por la UNAM y por La Esmeralda (la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado). Para ella no hubo otro remedio que buscar una oportunidad en el extranjero. Y encontró un lugar en la Universidad de Rennes, en la facultad de artes plásticas, sin pagar colegiatura. Así, a los 19 años, sin jamás haber pisado Europa, Desirée dejó atrás el país en el que nació. Era 2011.
Salir adelante

Los primeros años en Francia fueron bastante duros, reconoce Desirée. Tenía que trabajar para mantenerse y seguir estudiando. Lo primero que consiguió fue un empleo como Au pair (cuidando niños en una familia anfitriona que le daba alojamiento).
Sin embargo, ella tenía que pagar el alquiler del cuarto en el que dormía. “Llegando de México -reflexiona- uno no se da cuenta de eso inmediatamente. En realidad me explotaron durante dos años. Y me di cuenta preguntando a mis compañeros de universidad que hacían lo mismo. Me tardé en salir de ese circulo vicioso“.
Desirée trabajó de todo para salir adelante. Hace un escaneo de memoria: además de cuidar niños, cuidó ancianos, limpió casas, recogió fruta -arándanos, uvas para el vino o duraznos-, trabajó en fábricas, barrió calles, distribuyó flyers, dio clases de español y de baile, atendió en hoteles, asistió a pescadores del norte de Bélgica, peló camarones, organizó eventos, diseño posters… y todo ello mientras seguía estudiando.
Reflexiona en un tono triste: “Me tocó vivir una experiencia muy normal para una inmigrante de Latinoamérica. Yo tenía que trabajar mientras veía cómo mis amigos europeos, o latinoamericanos pero con más dinero, ellos sí tenían tiempo para hacer arte“.
Una vez que pudo salirse de aquella familia abusiva, Desirée se mudó a un pequeño departamento de interés social, y un año más tarde tuvo la posibilidad de alquilar un piso más grande compartido con amigos. En ese momento tenía un trabajo estable con salario, cuidando niños en escuelas.

El 3 de enero de 2014, a causa de un paro cardiorrespiratorio, el padre de Desirée murió en su casa de la Ciudad de México a los 57 años de edad. Ella regresó a México, pero una semana después ya estaba de regreso en Europa. “Pensé en quedarme, pero era un momento difícil para México, muchos amigos (artistas) no tenían trabajo. No veía mucho futuro en el país“.
Ya en Rennes, al final de su carrera de artes, Desirée descubrió la que se convertiría en su gran pasión: la danza. De la mano de David Zambrano, un reconocido coreógrafo venezolano que estaba de paso por Rennes, la mexicana fue invitada por él a realizar primero un proyecto, luego otro y así… “Cuando acabé mis estudios, en realidad estaba ya haciendo sólo proyectos de danza más que de artes visuales“, recuerda Desirée.
Entonces llegó 2018 y su complicado traslado a Bélgica. Explica que tomó esa decisión para seguir a Zambrano, quien en ese momento estaba fundando en Bruselas -junto con su compañero Mat Voorter- el Tic Tac Art Center, un espacio alternativo e independiente “donde diversas formas de arte -danza, performance, pintura, diseño de moda y otras artes visuales y escénicas- se reúnen y coexisten bajo un mismo techo”, describe su página de internet.
Bélgica es considerada una meca internacional de la danza contemporánea y Desirée buscaba probar suerte. La falta de documentación migratoria se lo complicó, pero no la detuvo.
Amor al arte

“Creo que este es el primer año desde que estoy aquí que siento de verdad que tengo una ‘vida europea’“, responde Desirée cuando se le pide definir su actual estado anímico y profesional.
“El 2024 y lo que va de éste han sido años muy buenos para mí: resolví el problema de mi visa, me dieron el asilo y mi trabajo está poco a poco siendo reconocido“, comenta, sin olvidar, dice, que por primera vez vive en una “casa normal”. Y es que antes, explica, vivió “donde fuera”: en squats (inmuebles ocupados sin permiso), viviendas muy precarias o hasta de manera clandestina en estudios de danza.
El tema de la precariedad que existe en el mundo del arte es uno que hace reflexionar mucho a Desirée y sobre el que tiene una opinión bien formada. Quizás por ello no se guarda las incisivas críticas que sostiene contra el elitismo y el racismo que, afirma, dominan ese mundillo, en el cual se aplasta a quien no proviene de las clases medias o altas.
Apunta: “Nos vendieron una idea muy romántica del arte, la del artista genio, la de los poetas malditos; la idea de que el artista siempre será pobre, incomprendido y que sólo será reconocido 100 años después de su muerte (…) Esa era la visión que tenía del arte cuando comencé en esto a los 22 años: no me importaba de qué viviría o mi retiro. Y aspiré a vivir dentro de ese mundo de burbuja“.
Continúa: “Si hoy me preguntas qué es el arte, te contestaría que 80 por ciento del tiempo es un hobby que hacen los ricos. Es un trabajo en que se tiene que invertir muchísimo y que a veces no se saca lo invertido“.
Pone un ejemplo: “Para mí, la danza contemporánea es una herencia aristocrática burguesa que los Estados modernos rescataron diciéndonos que es arte público, arte que se financia con dinero público. En realidad la danza contemporánea fue perdiendo relación con la sociedad, si es que alguna vez la tuvo. Era un producto para los nobles y los bailarines eran una forma de proletariado, a veces hasta esclavos o incluso trabajadores sexuales. Detrás de esa fachada de glamour podía esconderse otra cosa“.
Hila su planteamiento con algo que leyó en sus redes sociales y que respalda: “Hay un meme que vi el otro día y que decía más o menos lo siguiente: ‘la ópera es gente rica cantando para ricos; el cine es gente rica que actúa para pobres, y la danza contemporánea es gente pobre bailando para ricos’“.
Es por eso que considera considera a la danza contemporánea una disciplina “sin futuro”.
Desirée explica que en su generación muchos artistas soñaban con hacer danza contemporánea, pero que eso ha cambiado y actualmente está tomando más relevancia la “danza urbana”.
“En Europa está abarcando más espacio en las instituciones y ganando legitimidad. Los jóvenes, y la sociedad en general, se sienten más conectados con la danza urbana, que proviene de culturas como el hip hop, el funk o el house, es decir de la cultura negra de Estados Unidos. O de América Latina: la salsa o la cumbia podrían considerarse danza urbana en México, por ejemplo. A diferencia de la danza contemporánea, la urbana es menos elitista y desde sus raíces es mucho más social“, señala.
Epílogo
Actualmente, Desirée Cerocién realiza un trabajo de investigación en el mencionado centro artístico La Bellone, donde tiene lugar la entrevista con ella. Es la primera vez, cuenta, que recibe una beca como esta después de 10 años intentándolo.
-¿Sobre qué tema estás haciendo tu investigación?, se le pregunta.
“Sobre estéticas de películas de terror, que me gustan mucho. Estoy investigando cómo explicar a la escena europea de la danza los conceptos de sincretismo y creolización (la combinación de elementos de diferentes culturas para crear una nueva y distinta).
Explica que esa investigación es la base sobre la que está preparando una obra coreográfica que mezcla danza contemporánea y urbana y que planea estrenar en octubre próximo en Amberes y en noviembre en Bruselas.
La obra narra tres historias de origen mexicano: una versa sobre la tradicional procesión de los muertos, otra sobre la legendaria Llorona y la última se inspira en los bautizados por la prensa amarillista como los narcosatánicos, un grupo de narcotraficantes que realizaba asesinatos rituales a finales de los 80.
Desirée actuará el rol de la presentadora… que será al mismo tiempo el personaje de una payasa.
Para relatar esas historias, la mexicana comenta que tomará inspiración del cine de terror asiático, del folclor gótico europeo y hasta del Halloween. “Ahí es donde está el sincretismo del que hablo. Quiero hacer una especie de salsa… una licuadora cultural“, concluye.
