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A nosotras nos separan siglos

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El pasado 8 de marzo y pese a la contingencia que aún se vive en todo el mundo por la pandemia por coronavirus, cientos de miles de mujeres salieron a las calles de decenas de países a manifestarse y reclamar su derecho a un mundo igualitario y libre de violencia. Pero hay un lugar donde el tema ni siquiera se mencionó en los noticieros, ni en los periódicos, ni en el trajín de la vida cotidiana. Underground Periodismo Internacional presenta esta crónica desde Irán.

TEHERÁN, Irán.- En lo que camina 10 metros, Marjan ya se ha acomodado tres veces el pañuelo que le cubre la cabeza. El pañuelo es en realidad el velo que ella usa y que se llama hijab. Desde que tiene nueve años lo lleva cada vez que sale de casa.

Son los últimos días del invierno y el fuerte viento que aún sopla en Teherán no ayuda mucho para que Marjan mantenga el hijab en su lugar. A cada aironazo la tela de seda se resbala. Pero con todos los años que lleva usándolo, sabe y siente perfectamente cuando se le ha deslizado un poco, cuando se le ha desacomodado o cuando simplemente necesita ajustarlo para cubrir de nuevo su cabello, esa parte del cuerpo que en otras culturas simboliza fuerza, libertad, belleza y potencia y que, en la suya, debe cubrirla.

Para ella son ya veintiséis años de usarlo. Lo ha cuestionado, lo ha rechazado, se ha peleado con amigas en esas discusiones que a veces tienen entre mujeres, pero al final siempre termina usándolo.

Aquí, es un código que representa modestia y privacidad, de acuerdo con el Islam. No dejarse ver de más por hombres que no son de la familia, o por personas que la puedan juzgar por “enseñar demasiado”.

Marjan tiene 35 años y unos ojos luminosos que ha maquillado con cuidado. Sus gruesas cejas enmarcan un rostro que se ve a medias, pues si antes el velo la cubría un poco, ahora con los cubrebocas que todo mundo usa a causa del Covid, los rasgos, en especial los de las mujeres, casi se imaginan.

Sin embargo, ni el velo ni el cubrebocas impiden a la mayoría de las mujeres arreglarse. Al contrario, son expertas en hacer que sus ojos se vean grandes y seductores.

Las líneas negras que se pintan en los párpados, justo en el nacimiento de las pestañas, son perfectas: delgadas donde nace la comisura del ojo, y gruesas y puntiagudas hacia arriba donde éste termina. Juegan con las sombras de acuerdo al atuendo del día.

A mujeres como Marjan, otra cosa que las caracteriza es el cuidado que tienen en su vestimenta, pues aunque deben usar prendas amplias que no dejen ver las formas de sus cuerpos, cuidan que todo esté perfectamente combinado. Quienes no han optado por el uso del chador, esa túnica negra que las cubre desde la cabeza a los pies, combinan sus vestimentas con colores que son como un arcoiris tomados de un cartón animado.

Rosas, verdes, amarillos fluorescentes, con flores o estampados diversos. Hay de todo tipo y colores para las más atrevidas.

Siavash, un joven que ha vivido en Europa largos años de su vida, reconoce que muchas mujeres en Irán han hecho de los velos o los hijab’s, una moda que reditúa muy bien en los negocios especializados.

En los grandes centros comerciales, marcas como Gucci, Chanel, Valentino, Louis Vuitton y otras más han abierto tiendas sólo de chales o rusarís, como también se les llama a los velos que usan las mujeres en esta parte del mundo, y que en Irán deben llevar por ley desde la revolución islámica de 1979.

Y es que el sector de la moda islámica representa un mercado en expansión. Si en 2012 su valor se calculaba en 224 mil millones de dólares, para 2018 se hablaba que había alcanzado la cifra de 322 mil millones de dólares.

En países como Turquía, Indonesia, Egipto, Arabia Saudita, Pakistán y obviamente Irán, la moda musulmana genera millones de ganancias, tanto que muchas de las marcas europeas ya llevan algunos años produciendo prendas para estos consumidores.

Incluso las más religiosas y extremistas que usan el chador también han encontrado la manera de distinguir sus atuendos agregando pedrería o bordados discretos.


Es el 8 de marzo de 2021, la jornada mundial en donde mujeres de diversas partes del mundo se han preparado para manifestarse y hacer escuchar su voz: contra el feminicidio, a favor del aborto, contra la desigualdad laboral, pero sobretodo por la igualdad en un mundo donde, en mayor o menor medida, aún domina el patriarcado.

Ni los periódicos ni los noticieros locales iraníes hacen alusión a todas esas demandas, a favor de las que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) se pronunció este año. Aquí, si no fuera por las decenas de mensajes vía WhatsApp que se mandan entre ellas, llenos de flores y corazones, pasaría casi desapercibido este día.

8M, como cualquier otro día.


En Instagram, la única red social que el gobierno no ha bloqueado, de repente se pueden ver algunas pequeñas manifestaciones que hacen alusión a los pendientes que algunas mujeres no quieren olvidar.

Hay una mujer que se atreve a caminar algunos metros por la calle sin el hijab y habla a la cámara para decir en farsi que no tiene miedo. El video no dura más de 10 segundos pero ya tiene casi 4 mil visualizaciones.

Otro video muestra a una joven manejando una bicicleta, algo prohibido aquí para las mujeres pero que en Occidente se normalizó a finales del siglo XIX, no sin antes superar también millones y años de críticas, pero que hoy es tan normal y cotidiano.

Son poquísimos casos a pesar de que quien los postea (Masih Alinejad) es una reconocida activista iraní que vive exiliada en Estados Unidos y no se cansa de luchar a distancia por los derechos de las mujeres en su país de origen.

Siavash, quien también la admira, comenta a esta reportera que ella es muy valiente, pero que hacerle caso tiene y ha tenido duras consecuencias aquí.

“Ahora no es buen momento para manifestarse en Irán. La gente tiene miedo porque es más lo que tardan en organizarse que en ser detenidos”, dice.


De hecho, no se lee ni se escucha de ninguna manifestación o concentración por ser el Día Internacional de la Mujer.

Tampoco este día se recuerda por ejemplo a Sahay Khodayari, “la chica azul” que en septiembre del 2019 se inmoló frente al Tribunal Revolucionario Islámico cuando supo que la acababan de condenar a seis meses de prisión. Su delito había sido entrar disfrazada de hombre a un estadio de futbol.

Aquí, ya no es tema a pesar de que su caso le dio la vuelta al mundo porque además Irán es uno de los pocos países que aún prohíbe la entrada de las mujeres a los estadios.

El encuentro con Marjan tiene lugar en una de las cientos de cafeterías que abundan en Teherán. Es temprano y las mujeres inundan las mesas de un cafecito ubicado en un centro comercial. Nueva en todo este asunto del velo, no noto cuando ya no lo tengo. Debe haber pasado poco tiempo porque ni siquiera Marjan lo había advertido cuando se aparece una joven con pantalones, camisa e hijab negros que muy amablemente me invita a cubrirme la cabeza.

Sorprendida y apenada, más por no querer meter a la entrevistada en dificultad que por mí misma, me lo acomodo de inmediato y volteo a ver a la chica que me acaba de llamar la atención y que no había notado antes.

Es una vigilante del lugar. Su trabajo, explica Marjan, es cuidar que a ninguna de las mujeres ahí presentes se les olvide esa regla, cuyo quebrantamiento, dice la leyenda, se ha llegado a castigar con latigazos o más recientemente ha llevado a las “rebeldes” a la cárcel.

Uno de los últimos casos ocurrió justo hace dos años cuando tres mujeres (Mojgan Keshavarz, Monireh Arabshahi y su hija Yasaman Aryani) decidieron repartir flores en el metro de Teherán durante el Día Internacional de la Mujer. Sólo que lo hicieron sin velos.

Su osadía provocó que las condenaran a 55 años de prisión “por organizar una campaña pública a favor de abolir el uso obligatorio del velo en Irán”. Las acusaciones, además, hablaban de delitos “por motivar y facilitar la inmoralidad y la prostitución”.

De nada sirvieron las peticiones de la ONU y de Amnistía Internacional. Para las autoridades de la república islámica los hechos representan todavía un “atentado contra la seguridad nacional”.

En el momento en que se le pregunta a Marjan su opinión, no se alcanza a interpretar su mirada que acompaña con la frase:

“a tí y a mí nos separan no sólo kilómetros, también siglos”. No en ese momento.


Pero en el fondo las luchas en todos lados son las mismas: que las mujeres puedan decidir algún día ser o no ser madres, estar o no estar con un hombre sin miedo a que las maten o ser juzgadas, tener las mismas remuneraciones que ellos por los mismos trabajos o simplemente poder usar una bicicleta o un velo si ese es su gusto.

El bullicio de las calles y los mercados llenos de gente por estos días recuerdan, eso sí, otra fecha importante y de la que todos hablan: el Nouruz, es decir, el año nuevo iraní que comienza justo con la llegada de la primavera y que ahora también dará inicio a un nuevo siglo.

Es así. En esta parte del mundo apenas comenzará el año 1400. Entonces cobra sentido la mirada y frase de Marjan, esa sobre la de los kilómetros y los siglos que separan Oriente y Occidente.

Mejor no contarle lo que aún ocurre al otro lado del mundo en pleno 2021.

DETRÁS DE LA HISTORIA

El pasado 7 de marzo Suiza aprobó en referéndum una ley que prohíbe que las mujeres utilicen en cualquier lugar público el velo integral o el burka, elementos de la vestimenta tradicional islámica, quedando reservados solamente para lugares de culto, algo que en otros países de Europa se ha intentado en diversas ocasiones, pero hasta ahora sin éxito.

El velo, en los mismos países musulmanes ha sido los últimos años motivo de polémica, pues aunque muchas mujeres lo usan convencidas, muchas ya no están de acuerdo en que sea algo impuesto u obligatorio.

En esta crónica quisimos contar el día de la mujer a través de una prenda tan tradicional que refleja mucho más que una cultura, pero que además, pone otros problemas de Occidente frente al espejo.

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