Todo por el cine

A veces para sentirse realizado, uno tiene que renunciar a la estabilidad económica, a un trabajo fijo e incluso a su país de origen. Y no sólo eso. Como migrante, hay que sortear un sinnúmero de dificultades, tocar fondo y dejar que el instinto de supervivencia lo saque a uno a flote. José Pablo Estrada Torrescano es un ejemplo de ello. Este joven cineasta mexicano decidió dejarlo todo en su natal Ciudad de México para buscar simplemente la felicidad.

Diciembre  18 / 21


BERLÍN, Alemania.- A principios de 2020 el mexicano José Pablo Estrada Torrescano se mudó de Viena a Stuttgart. Lo hizo siguiendo a su novia de ese momento y gracias a que su trabajo dentro de una compañía de distribución de películas documentales, con sede en la capital austriaca, le daba la posibilidad de trabajar a la distancia.

Pero la pandemia llegó y con ella un correo electrónico en el que le anunciaban que tenían que despedirlo porque por la contingencia sanitaria no era posible seguir manteniendo la empresa. De un día al otro se quedó sin empleo, con una cuenta bancaria en ceros y con sólo 2 euros en el bolsillo de su pantalón.

Por esos días justamente había adquirido por primera vez un smartphone. La posibilidad de hacer fotos y videos con su propio teléfono celular lo tenía entusiasmado. Recuerda que tras leer el mensaje en el que lo despedían salió al balcón del departamento que compartía con otras cinco personas y comenzó a filmar:

Hace dos semanas me mudé a Stuttgart, tengo dos euros en mi cuenta y ayer me informaron que por el coronavirus no me podían extender el contrato en la distribuidora donde estaba. Estoy buscando chamba … de lo que sea”.

Así surgió el último de los cortometrajes de este cineasta mexicano, quien para sobrevivir en Alemania y mantener su verdadera pasión -el cine- se emplea en cualquier cantidad de trabajos imaginables.

La emergencia económica en ese 2020 hizo que José Pablo terminara respondiendo a un anuncio para trabajar como repartidor de periódicos: hora y media de lunes a sábado, comenzando a las 4:30 de la mañana con una paga de 11 euros la hora.

Desesperado, tomó el empleo y comenzó sin firmar contrato ni nada. Su olfato de documentalista lo hizo seguir registrando en video su nuevo trabajo. Una semana después de haber comenzado, su jefe le hizo llegar por correo el contrato. Ahí se establecía que el pago que recibiría sería de sólo 8 centavos de euro por cada periódico repartido. En hora y media José Pablo lograba repartir 80 periódicos, lo que equivalía a un pago de 6,40 euros la jornada, muy lejos de los 11 euros que decía la oferta original en internet y de los 9,35 euros por hora que establecía en ese momento el salario mínimo en Alemania. Una estafa. Con la claridad de que no firmaría un contrato así, escribió una respuesta pidiendo una aclaración a la incongruencia entre el sueldo prometido y el real. La respuesta nunca llegó.

Tres semanas después, para su suerte, el gobierno alemán autorizó la solicitud que hizo para recibir las ayudas de emergencia por el coronavirus para trabajadores independientes y abandonó el trabajo como repartidor de periódicos.

Con el dinero que me depositaron pude pagar mi renta, hacer supermercado y concentrarme en armar el proyecto del documental que surgió a partir de la experiencia con los periódicos”, recuerda en entrevista con Underground.

Más aún: la MFG (Sociedad de Medios y Cine) de Waden-Wurtenberg, una institución pública que fomenta la creación cinematográfica, lo apoyó con 10 mil euros para la elaboración del documental y además la televisión pública alemana lo transmitió en señal abierta.

Y es que ser cineasta migrante, aún en Alemania, no es fácil.


José Pablo Estrada Torrescano nació en el seno de una familia adinerada de la ciudad de México hace 41 años. Su abuela materna, María del Carmen Torrescano, creó en los años 50 un emporio de clínicas de belleza, pionera en su momento, que ofrecía cremas faciales y masajes reductivos a las mujeres de la “alta sociedad” mexicana.

Como integrante de la dinastía, el futuro de este mexicano estaba trazado: estudiar una carrera universitaria que le asegurara un empleo boyante y cumplir así con las expectativas de la familia.  La muerte prematura de su mamá -cuando él contaba con apenas 13 años y sin la presencia de la una figura paterna- no evitó que se desviara del camino: estudió la preparatoria en el Tecnológico de Monterrey y luego la carrera de actuaría en el ITAM. Después logró trabajar en una gran aseguradora en donde sólo en cinco años logró ascender cinco puestos hasta convertirse en gerente. De haberlo querido -asegura- habría llegado a ser director. Pero la realidad es que José Pablo era inmensamente triste con esa vida.

Como dependiente en un puesto de comida española en el mercado de Stutgart


Estaba muy triste. La profesión no me hacía feliz. La escogí porque vengo de una familia que se preocupa mucho por el dinero y querían que yo tuviera una profesión que lo asegurara, pero yo era bien infeliz”, reconoce.

Después de experimentar con la música y la pintura, encontró finalmente algo que lo inspiraba: el cine. Junto con un grupo de amigos filmó un corto con el que aplicó para hacer una maestría en cine en Praga, República Checa. Lo aceptaron y entonces no hubo más dudas: renunció a su trabajo, empacó maletas y se despidió de México. No sin antes hacerle la promesa a su peculiar abuela -una mujer recia, con carácter inquebrantable que a golpe de trabajo y firmeza logró construir su emporio de belleza y dinero- de que en algún momento filmaría la historia de su vida.

Con la herencia que recibió luego de la muerte de su mamá, logró financiar los tres años de la maestría en cine en la FAMU -la escuela de cine y televisión de Praga- y su vida en la República Checa. Pero el dinero se terminó.

Sé que si pidiera ayuda a mi familia quizás me la darían, pero no lo hago porque no quiero ser una carga para nadie”, asegura . Si algo valora José Pablo, eso es su libertad. Por eso no trabaja más de un año en un mismo lugar ni se somete a presiones ni al estrés de una ocupación permanente en la que no le interesa hacer carrera.

Lo suyo es el cine. Pero tampoco -dice- se atrevería a tomarlo como una profesión de la cual vivir porque justamente para él sus proyectos cinematográficos son sinónimo de libertad y mero gusto. “Hago cine para liberarme. Para soltar todo. Y si voy a trabajar haciendo películas de alguien más no tendría entonces más esa función. Yo creo que si me metiera al cine como profesión me volvería a sentir como no liberado. Obligado a algo…y eso no me gusta”, explica.

En 2012, al terminar sus estudios y siguiendo a otra de sus novias, José Pablo aterrizó en Dusseldorf, Alemania. Recuerda que en aquella ocasión tampoco tenía dinero. Solo 40 euros que tuvo que invertir en reparar una bicicleta que le serviría de medio de transporte.  Del hoyo financiero salió haciendo videos para obras de teatro y festivales de cine. Pero entonces se concentró en el que sería su siguiente proyecto: la película de Mamacita, su abuela.

Con un crowdfunding logró juntar el dinero necesario para irse tres meses a México y filmar la película. Al volver a Alemania -otra vez sin dinero- tuvo que entrarle a todo: como lavaplatos, en un Tapas Bar; mesero, en un restaurante mexicano … y en sus tiempos libres editaba el material que había filmado en México.

La premura económica le hizo tomar después un trabajo de tiempo completo en una compañía distribuidora de películas de ficción, que lo ayudó a conocer mejor el mundo del negocio cinematográfico y que lo conectó con el abanico de becas y apoyos que existen en todo Europa y Alemania para la producción. Fue gracias a un fondo que obtuvo que logró terminar la postproducción de su película en 2018.

Mamacita narra la historia de su abuela: una mujer fuerte y decidida que construyó un emporio con clínicas de belleza distribuidas por toda la ciudad de México y con el que logró dar a sus ocho hijos (siete mujeres y dos hombres) el nivel de vida que siempre soñó tener. Con una armadura de acero, indispensable para lograr tal hazaña,  a Mamacita le atormentan al final de su vida los recuerdos de su niñez: un origen incestuoso que la apartó de sus padres y la falta de reconocimiento de un abuelo dominante con el que se crió.

La película se ha presentado en más de 50 festivales en todo el mundo: Toronto, Munich, Perú, Guanajuato, Japón, Helsinki …  en Bergamo ganó incluso en la categoría de mejor documental. También se ha exhibido en cines de Alemania, Francia, Eslovaquia y próximamente en la República Checa. En México no ha sido posible aún, pero José Pablo espera que no esté muy lejos el día en que allá también se pueda exhibir.

En el año previo a la pandemia, este mexicano volvió a los trabajos sencillos que pudieran darle lo indispensable para pagar renta y comida: un café en donde le permitían ausentarse para realizar los viajes a los festivales donde Mamacita se presentó.

La vida, o mejor dicho otra novia, lo llevó a Viena en donde vivió 6 meses y trabajó en la compañía comercializadora de películas documentales. En esa que lo despidió al inicio de esta historia.

Como técnico, en la Ópera de Stuttgart


En este momento José Pablo trabaja como técnico en la Ópera de Stuttgart, pero antes lo hizo por unos meses en la Markhalle (mercado) de la misma ciudad atendiendo un puesto de comida española. Sus experiencias trabajando en el servicio a otros (como lavaplatos, camarero, dependiente, repartidor de periódicos y demás) con un nivel social y económico muy superior, lo han puesto a reflexionar para lo que será su próximo trabajo cinematográfico.

Cada una de las profesiones que he ejercido y que consideraba de mierda me han gustado y las he disfrutado. Ha sido como una lucha contra mis propias creencias,  que me fueron inculcadas, y recuestionarlas, ponerlas en práctica y darme cuenta que me metieron mucha mierda en la cabeza de niño. Y ese ha sido mi continuo viaje desde hace rato: cuestionar todo el tiempo estas cosas y liberarme de ellas. Estoy en ese proceso”, explica.

Y lo tiene claro: tan pronto termine su trabajo en la Ópera, dentro de justo un año, pondrá manos a la obra en su próximo experimento donde los personajes de abajo (fontaneros, gente de limpieza y cargadores del mercado) se mezclen con los de arriba (músicos, bailarines y productores de ópera) para, en una relación absolutamente horizontal, crear arte.

Pero esta vez sí estoy ahorrando para no quedarme sin nada en el bolsillo una vez que renuncie”, concluye con humor.

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Yetlaneci Alcaraz
Yetlaneci Alcaraz
Fue reportera del periódico mexicano El Universal y corresponsal entre 2011 y 2020 de la revista Proceso en Berlín. Está especializada en temas de historia, migración y medio ambiente. Fue becaria del Programa Internacional de Periodistas de Alemania, IJP.
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