Opinion identidad

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El pasado 31 de octubre dio inicio una conferencia más sobre cambio climático organizada por las Naciones Unidas; la número 26 en Glasgow, Escocia. El sentido común señala  que ésta sí tendría que ser una cumbre repleta de compromisos reales y no sólo de buenas intenciones porque -parafraseando a la activista ambiental sueca Greta Thunberg- nuestra casa, la Tierra, está en llamas.

Noviembre 6 / 21


CIUDAD DE MÉXICO, México.- Este año las malas noticias en materia ambiental  no paran: se confirmó el aumento de 1.2 grados centígrados en la temperatura promedio global desde el inicio de la revolución industrial; se alcanzó una concentración de dióxido de carbono en la atmósfera de 414 partes por millón; la Amazonía ha dejado de funcionar como un sumidero de carbono; los arrecifes de coral agonizan y el deshielo de las capas glaciales del planeta es más acelerado de lo que los científicos esperaban.

Como sociedad global urge saber lo que realmente se está haciendo ante tanto desastre ambiental.

El calentamiento del planeta avanza a un ritmo angustiante. Hace 11 años, cuando se discutía el tema en la COP16 en Cancún, se hablaba de una mera posibilidad, tan atroz, que ni siquiera podíamos describir con palabras. Los líderes mundiales se daban el lujo de desconocer el tema del que hablaban y anunciaban planes de acción a 10, 20, 30 o 50 años, como una bomba de tiempo que lanzaban para salir del embrollo y luego dejar que a otra administración le estallara en las manos.

Sólo una década después, en el inicio de la actual cumbre climática COP26 en Glasgow, el escenario no puede ser más distinto. No porque los líderes mundiales hayan querido entender, sino porque los incendios, huracanes, sequías e inundaciones fuera de serie que se han registrado han dejado claro que se tiene que actuar. Los seis años que han transcurrido desde el Acuerdo de París han sido sucesivamente los años más calientes de los que se tenga registro meteorológico.

No terminaba de llegar, pero de súbito ya está aquí: la crisis climática se narra ya en tiempo presente. La única diferencia de ahora en adelante será qué tanto permitimos que empeore.

Si ya son dantescas las escenas  que vemos por todo el mundo, hay que entender que se trata sólo del inicio; lo que viene promete ser mucho mayor en intensidad y frecuencia. Más grave y más seguido, es lo que hay que tener en mente cuando se piense en los incendios récord en Estados Unidos, el Mediterráneo o Australia; en las tormentas que devastaron Haití y Centroamérica causando un éxodo de migrantes climáticos; en la hambruna inducida por el clima que está amenazando la vida de decenas de miles en Madagascar; en el huracán Patricia que en 2015 se convirtió en el más rápido registrado en alcanzar la categoría 5 antes de estrellares con el Pacífico mexicano…

Quienes llevamos años tratando de sonar la alerta sobre esta hecatombe autoinducida a menudo nos enfrascamos en debates técnicos: que si es incorrecto retratar la tragedia porque la narrativa catastrofista lleva a los lectores a la resignación, que si es mejor retratar las oportunidades para invitar a los lectores a actuar. Para como van las cosas, no habrá mucho tiempo de considerar opciones, porque cuando la casa se incendia lo primero que salta por la ventana es el cálculo racional.

En agosto pasado, al presentar el más reciente reporte del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), el secretario general de Naciones Unidas, Antonio Guterres, describió este diagnóstico científico del planeta como “una alerta roja” y dijo que “las campanadas de alerta ya son ensordecedoras”. Y si a alguien le quedaban dudas de que hasta la ONU había renunciado al lenguaje diplomático que invitaba sutilmente a la acción, Guterres lo dejó claro en la reciente apertura de la COP26 hace unos días: “Nuestra adicción a los combustibles fósiles está llevando a la humanidad al límite. Es tiempo de decir basta… Estamos cavando nuestras propias tumbas”.

El propio líder de las Naciones Unidas ha perdido la paciencia, pero eso es porque la demanda social se ha vuelto estruendosa. Los miles de millones que miraban impávidos hasta hace pocos años, delegando su responsabilidad a funcionarios electos, corporaciones u organizaciones sociales, han tomado el asunto en sus manos.

Greta Thunberg es el epítome de este cambio de expectativas. En el 2018, cuando saltó a la arena pública, lo hizo dentro de la COP24 apuntando con crudeza al rey desnudo: un sistema de negociaciones que vivía de aire y promesas mientras el problema empeoraba exponencialmente. Luego repitió la bofetada de realidad en Davos, el club de millonarios del mundo, esperando algún pudor entre los causantes del caos. Pero tres años después, Greta ya no pierde el tiempo hablando a quienes no quieren escuchar.

La activista sueca ya no es una niña, pero no porque haya cumplido 18 años, sino porque ya no tiene la inocencia de creer que una pobre representación política o una élite financiera irresponsable vayan a hacer lo que ciudadanos de a pie como ella piden: procurar un futuro. Greta ahora habla a los de abajo, a sus coetáneos y compañeros de sentir; ha levantado un movimiento, olas de jóvenes en todo el mundo que todos los días golpean los cimientos de esa entelequia política que llamamos democracia liberal.

La COP26 termina el 12 de noviembre y cada día hasta entonces será una batalla campal por sobreponerse a un mal inicio de la cumbre, marcado por los pobres compromisos de los países miembros, la ausencia de jefes de estado clave como los de China, Rusia y Brasil, la presión de los cabilderos de los combustibles fósiles, la insuficiencia de la prensa, las restricciones de la pandemia, las complicaciones logísticas, la exclusión de la sociedad civil y un largo etcétera.

La noticia más positiva hasta el momento, con muchísimos asegunes, es el nuevo compromiso de India por alcanzar un neto de cero emisiones hacia 2070. A pesar de lo distante y ambigua de la promesa, investigadores de la Universidad de Melbourne estiman que esta contribución, sumada a otras presentadas en lo que va de la cumbre, detendrían el termómetro global en 1.9 grados Centígrados. Con ello se cumpliría por primera vez el objetivo menos ambicioso del Acuerdo de París (“muy por debajo de 2 grados”), pero aún falta bastante para llegar al anhelado 1.5.

Otros anuncios, en cambio, han dado pasos sólidos en la dirección correcta. Entre ellos, el anuncio de más de 20 países (incluidos Estados Unidos, Gran Bretaña y Dinamarca) e instituciones financieras de detener el financiamiento de proyectos de combustibles fósiles en el extranjero a partir del próximo año. También está la presentación de una agenda común, firmada por más de 40 países, para inclinar financieramente la balanza hacia la accesibilidad de tecnologías limpias, empezando por energía limpia, autos eléctricos, acero verde, hidrógeno y agricultura sustentable. Más de 40 países, incluyendo gigantes del sector como Canadá, Polonia y Ucrania, se han comprometido a abandonar el carbón en su generación energética.

Joe Biden anunció un plan con la participación de 90 países para controlar las emisiones de metano, uno de los gases más potentes por su capacidad de calentar la atmósfera. El ministro de Hacienda del Reino Unido anunció que Londres se convertiría en la primera capital financiera del mundo con un neto cero de emisiones, por los nuevos requisitos para la firmas que ahí operan.

La pasarela de anuncios continuará dentro del Campo Escocés de Eventos de Glasgow, conscientes de que fuera de ahí las voces ciudadanas no toleran más bla bla bla (Greta dixit). Como reconoció Antonio Guterres tras el anuncio de la Declaración de Glasgow sobre Bosques y Uso de Suelo, “firmar es la parte fácil”.

El tiempo se agota. Un estudio presentado a la mitad de la COP26 explica que el presupuesto de carbono antes de alcanzar los 1.5 grados podría ser agotado en 11 años, y que las emisiones después del freno económico de la pandemia podrían alcanzar su punto más alto en 2022. Al mismo tiempo, el apoyo social a las medidas gubernamentales contra la crisis climática se encuentra en su punto más alto desde 1998, según una encuesta de la BBC aplicada a 30 mil personas de 31 países.

Es crucial que quienes vemos la COP26 desde casa tomemos nota de los compromiso para exigirlos a nuestros gobiernos al regreso de Glasgow. Nos urgen buenas noticias de la COP26, pero sólo podemos asegurarlas si como ciudadanos le cerramos el paso a un sistema estructurado alrededor de las emisiones baratas por sus consecuencias externalizadas. Esas buenas noticias ven discutiendo el problema, buscando alternativas, cuestionando a las autoridades, exigiendo a las corporaciones, cambiando hábitos y formas de pensar, parando el green washing y, fundamentalmente, alcanzando la empatía y solidaridad que requiere el más grande reto en la historia de la humanidad.

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